Para nuestro protagonista, el Hijo, su vida está sometida a una continua exposición, a un continuo examen que cree no aprobar nunca. Y que parece haber agotado ya su última convocatoria. Su Madre le cuestiona, lo espía; su Padre le pregunta; el Otro, los Otros, el público callan. Todos contribuyen a su aislamiento en esa jaula de cristal. En ese zoo de cristal. La realidad del Hijo no es la de sus padres, no es nuestra. Probablemente, su realidad no sea la realidad y, por lo tanto, no sea la verdad, pero es una realidad que ha llegado a su fin. Hoy. Aquí. Ahora. Todos estamos convocados a presenciar el final de su p*** mundo.
PERSONAJES:
Hijo: Hombre de mediana edad, todo lo demás no importa.
Madre: Se deja al director/a o a la actriz/actor, la construcción que se haga de este personaje, siempre planteado desde el estereotipo más absoluto.
Padre: Se deja al director/a o al actor/actriz, la construcción que se haga de este personaje, siempre planteado desde el estereotipo más absoluto.
(Ambos, Madre y Padre, solo cobran sentido, si su discurso, su corporeidad y su presencia se trabajan desde la farsa, desde la máscara o el esperpento.)
ACTO I
(Un espacio.)
HIJO:
Hay que destruirlo todo. Sí, no hay otro modo.
HIJO:
Hoy he despertado con esta idea. Ha debido estar retumbando en mi cabeza durante toda la noche, y ahora, a la luz del día, la idea sale de su madriguera. Sí, eso debe ser. Como una alimaña que espera para saltar sobre su presa cuando está más vulnerable. Cuando uno no duerme es vulnerable.
¿Cómo se destruye todo? Siendo dueño de un arma nuclear es fácil, pero yo no tengo. No tengo armas nucleares, y más allá de esos cuchillos sobre la encimera, no tengo armas.
Los virus, las bacterias, lo destruyen todo...
Los vecinos ya se han levantado. ¡Malditos! Debería empezar por eliminarlos a ellos. Sí, debería ir eliminándolos. Pero no como esos asesinos en serie de cualquier melodrama barato. Eso sería lo sencillo. Siempre he pensado que antes de matar a alguien es mejor infligirle dolor. Sí, así apreciará más la vida. Eso es cruel. Sí, no me importa. Se lo merecen. El ruido ensordecedor de todos los días les condena. No pensar en los demás les condena; no pensar en el descanso de los demás les condena; su pésimo gusto musical les condena y los recondena al infierno mismo.
Mejor la condena a la eternidad.
Sí, lo grave no es ir al cielo o al infierno, lo grave es lo eterno. ¿Cómo se puede asumir lo eterno? ¿Un tiempo que no comienza y no termina? Siempre el mismo puto día de la marmota. Sí, eso es un verdadero castigo. Si yo fuera Dios los castigaría a la eternidad. Quizás debería ser Dios. Dejar de ser un ser humano normal y corriente, que se sienta en la silla de la cocina para planear cómo destruir el mundo, y simplemente convertirme en Dios y eliminar este jodido mundo, sin reflexiones y sin miramientos.
(Entrando)
MADRE: ¿Otra vez despierto?
HIJO: Siempre me despierto, mamá. Si no me despertara es porque habría muerto. ¿O prefieres que no despierte?
MADRE: ¡No seas tonto! Con eso no se hacen bromas. Digo, tan temprano.
HIJO: Pues di eso y no lo otro.
MADRE: ¡No empieces que es muy temprano y no estoy de humor! ¿Quieres un café?
HIJO: Sí. Desde que vivo con mis padres, pienso en la destrucción del mundo.
MADRE: ¿Qué dices?
HIJO: Nada, no digo nada.
MADRE: Pero si estabas hablando.
HIJO: Hablaba, pero no decía nada.
MADRE: ¡Lo que tú digas! ¿Qué hora es?
HIJO: No lo sé.
MADRE: Ya deben ser las siete.Sí, las siete. ¿Llevas mucho rato despierto?
HIJO: No lo sé.
MADRE: ¿No has mirado la hora al levantarte?
HIJO: No.
MADRE: ¿Te hago una tostada?
HIJO: No. Solo el café.
(Silencio)
MADRE: Toma. ¿No vas a comer nada?
HIJO: No. Ya sabes que no como nada en el desayuno.
MADRE: ¿Ni una magdalena?
HIJO: No, nada.
MADRE: No sé cómo te mantienes en pie sin comer nada.
HIJO: Será el metabolismo.
MADRE: Eso debe ser. Lo mismito que tu abuelo. No se te olvide la pastilla.
HIJO: No. (Se toma la pastilla)
(Sale)
HIJO: Lo más efectivo sería un virus, joder. Sí, uno que parezca que no hace nada en un principio y cuando te descuidas estás lleno de pústulas sanguinolentas, y tras unos estertores, la eternidad. Sí, eso sería lo que llegaría, y se llevaría por delante a más individuos. Ellos mismos serían las armas. Autodestrucción.
Inventarían rápido una vacuna. Para eso, sí se darían prisa.
Si todos estamos muertos poco negocio puede haber... ¡Qué cabrones!
(Entra)
MADRE: ¿Hoy no vas a trabajar?
HIJO: No, hoy no. Hoy es San Patricio.
MADRE: Es verdad. No sé ni dónde tengo la cabeza. Voy a ponerle una vela.
¿Vendrás luego a misa?
HIJO: No, mamá, nunca voy a misa.
Yo solo quiero ser Dios, pero no ir a misa.
MADRE: Hoy como es día de fiesta, pensé que quizás te animarías... ¿Sabes dónde he puesto las velas?
HIJO: En el cajón de las velas.
MADRE: Es verdad, cada día estoy más tonta.
(Sale)
HIJO: El fuego destruye todo en segundos. Eso podría servir, si no hubiéramos destruido todos los bosques dejando millones de kilómetros cuadrados de zonas desérticas y desplumadas de árboles. ¿Se puede usar desplumado para hablar de árboles? No lo sé, pero ya me entendéis.
Imposible que un incendio se propague por todo el mundo.
Los esquimales sobrevivirían. Siempre pensé que eran seres humanos estúpidos por haber elegido vivir en el puto y literal helado culo del mundo; no eran estúpidos, eran unos visionarios, tan solo se estaban adaptando al futuro.
Yo creo que todos queremos destruir el mundo, pero no lo decimos o no tenemos tiempo para hacerlo. Nos puede la pereza.
(Desde dentro)
MADRE: ¿Te hago la cama?
HIJO: No, no hace falta.
MADRE: ¿Te vas a echar otro rato?
HIJO: No, pero ya la hago yo luego.
MADRE: Pero si a mí no me cuesta nada.
HIJO: Está bien, como quieras.
Sin piedad. Uno no puede tener piedad si decide acabar con el mundo...
MADRE: ¿Has dicho algo?
HIJO: No, nada. Hablaba solo.
(Entrando)
MADRE: Pues no lo hagas, que me vas a volver loca. Pienso que me dices a mí, y me tienes en un sin vivir. Si al menos rezaras, pues se entendería. Pero, no.
HIJO: Sí, mamá.
MADRE: No me des la razón como a los tontos.
HIJO: Está bien, no te la doy.
MADRE: ¡Otra vez! ¡Que no me des la razón!
HIJO: Pero si no te la doy.
MADRE: Sí, sí me la das. Diciéndome que no, para que te deje en paz, también me la das. No me la das diciendo sí, pero me la das diciendo no. Y eso me pone de los nervios...
HIJO: Está bien...
MADRE: ...
HIJO: Ahora en serio. Está bien, no volveré a darte la razón ni con sí, ni con no.
(Sale. Entrando el PADRE)
PADRE: ¿Qué le pasa a tu madre?
HIJO: Nada, que yo sepa.
PADRE: ¿Qué haces despierto?
HIJO: No podía dormir.
PADRE: ¿Mal de amores? ¿Una chica?
HIJO: Papá, soy gay.
PADRE: Es verdad, que se me olvida, como nunca te he visto con nadie, pues no sabía si habías cambiado de idea.
HIJO: No. Sigo con la misma idea de ser gay. Sigo afiliado...
(Entrando)
MADRE: (Al PADRE) ¿Qué haces despierto ya?
PADRE: Hacíais mucho ruido.
MADRE: ¿Nosotros? Será posible. Más ruido hacen las tragaperras del bar y de esas no te quejas.
PADRE: ¿Qué tendrá que ver...?
MADRE: Tiene que ver y mucho. Y ven a bajarme las mantas del armario.
PADRE: Voy.
(Salen)
HIJO: Vivo rodeado de tópicos. Uno piensa que no, pero sí, los tópicos continúan campando a sus anchas, como si el tiempo se hubiera detenido hace cincuenta años. En ellos se detuvo, sin duda.
Los tópicos nos salvan. Si no hubiera un tópico ejerciendo el poder, y un tópico acatándolo, todo se destruiría. La anarquía es vivir sin tópicos.
Y mi casa es una casa más. Un escenario lleno de estereotipos.
Ahí mis padres, que entran y salen de escena, soltando sus gilipolleces de personajes. Ellos preguntan una y otra vez y yo respondo. Entra ella, pregunta y yo respondo; entra él, pregunta y yo respondo. Salen. Entran. Tras la escena se retocan el maquillaje, revisan sus líneas de texto, discuten por lo que al otro se le olvidó decir, esperan, esperan, se miran y esperan a que les vuelva a tocar y salgan de nuevo a escena con sus estúpidas palabras aprendidas para seguir preguntándome, como en un acto infinito, donde jamás va a caer el telón.
Son un tópico de los años cincuenta, una madre y un padre de los cincuenta. Son vintage. Podrían ser también de los sesenta, los setenta, los ochenta... ¡Qué putada! También podrían ser un tópico de ahora. Yo soy de cristal. Yo me aflijo por todo. Yo me saturo y agobio. Yo uso el diazepam a diario. Ellos no. Ellos son tópicos antiguos, forjados, duros de cemento y no necesitan de esas mierdas para sobrevivir. Ellos son felices en sus tópicos.
Ellos deben estar muriéndose por dentro y no lo saben. ¡Qué putada, joder!
(Dentro)
MADRE: ¿Lo oyes? Ya está hablando solo. No sé si el tratamiento ese funciona... Te he dicho que el niño no está bien. Nadie habla solo y está cuerdo.
PADRE: Tú cuando rezas.
MADRE: Yo le hablo a Dios.
PADRE: ¿Y te contesta?
MADRE: ¡Idiota!
HIJO: ¡Bendito pladur! Es lo más cerca que estamos de ser libres. El pladur. Aquí la palabra no tiene obstáculo alguno y cuando la palabra sale y se dice sin barreras, ahí está la libertad.
(Entrando)
PADRE: ¿Qué te pasa, hijo?
HIJO: Nada.
PADRE: Tú madre está muy preocupada.
HIJO: No tiene por qué. Estoy bien.
PADRE: Yo también se lo he dicho, que yo te veo muy bien, mejor que nunca.
HIJO: Sí, eso es.
PADRE: Me quedo más tranquilo.
(Sale)
HIJO: (Se toma otra pastilla) Solo quiero que alguien me huela cuando yo haya muerto. Eso es lo que quiero.
Eso me preocupa.
No quiero pensar, ni imaginarme siquiera, que algún extraño, algún vecino al que odié en vida, y que igualmente me odió, avise a la policía, o a los bomberos, o la ambulancia, ¡o a quien coño se avise en esas circunstancias!, por haber olido mi cuerpo putrefacto por el patio interior, el fin de semana concreto en el que mis padres se hayan ido al pueblo.
¿Vosotros sabéis a quién hay que llamar?
Nunca te enseñan eso en la escuela. En la escuela, te enseñan montones de mierdas, pero cosas como esa no te las enseñan.
¡Al menos que alguien se dé cuenta que he muerto, joder!
Y no porque a mí me importe, sino por el puto perro, que acabará devorándome el pobre como nos coja a los dos solos en casa. Sé que me quiere de veras, y le va a quedar trauma seguro.
¿Quién se quedará con el perro?
Mis padres, seguro. ¡Qué putada les voy a hacer! Una doble putada. Una reputada... No, esa palabra no se puede usar aquí. ¡La de usos que tienen las palabras! Bueno, en definitiva, lo que quiero decir es que les hago una putada de campeonato, encasquetándoles al perro, sin quererlo, ni beberlo. Bueno, y mi muerte, supongo que eso también será una putada...
(Entrando)
MADRE: ¡Te he dicho mil veces que no me gusta que digas palabrotas!
HIJO: Pero si yo no...
MADRE: Tú, sí. Aunque hables solo, se te oyen las palabrotas, y sabes que no me gusta...
HIJO: ¿Me espiabas, mamá?
MADRE: ¿Yo? ¡Válgame el cielo! ¿Qué necesidad tengo yo de espiar a nadie? Si quieres hablar solo, habla. No seré yo quien te diga lo contrario. Luego cuando acabes en un sitio de esos, donde llevan a los locos, no te quejes...
HIJO: No me quejaré, mamá.
MADRE: Eso espero.
(Entrando)
PADRE: ¿Otra vez discutiendo?
HIJO: No discutimos, hablamos.
MADRE: Eso es, cariño.
¿O es que en esta casa no se puede hablar?
PADRE: Pues hablabais muy alto.
MADRE: Pues perdone si le molestamos. No sabía que había un control de decibelios en esta casa... Aunque de haberlo seguro que salta por los aires todas las noches con tus ronquidos. Me río yo de la contaminación acústica de las discotecas...
HIJO: No discutáis, por favor.
PADRE: No discutimos, hablamos.
MADRE: ¡Idiota!
(Se van)
HIJO: ¡La última imagen que verán de mí! Mi última imagen para el recuerdo, un hijo tirado en el suelo de una cocina con unas baldosas espantosas que no nos dio tiempo a cambiar... ¡Son jodidamente feas! Son baldosas de los años cincuenta como su espectáculo. Como este vodevil. Como el espectáculo diario, y los insultos diarios, y las discusiones diarias...
¡Las baldosas son vintage como ellos!
Quizás deberíamos cambiarlas, así al menos habrá algo bonito enmarcando mi muerte. ¡Como un cuadro feo con marco bonito! No gusta, pero alivia. Algo de belleza, por pequeña que sea, alivia.
(Entrando)
PADRE: Un millón de veces se lo he dicho a tu madre.
HIJO: ¿El qué?
PADRE: ¡Qué teníamos que cambiar las baldosas de la cocina!
HIJO: ¿Me espiabas, papá?
PADRE: ¡Que nadie te espía, coño! Hablas solo y en alto, y esta casa tampoco es que sea muy grande.
(Desde dentro)
MADRE: ¿Qué pasa por ahí?
PADRE: Nada, tu hijo que está obsesionado con el cine negro...
MADRE: ¿El qué?
PADRE: ¡Nada!
MADRE: ¡Claro, la tonta de la casa, mejor que no se entere...! Pero el día menos pensado la tonta hace una locura, y si no al tiempo.
PADRE: ¡No te pongas dramática, que no es para tanto!
(Saliendo)
HIJO: La muerte es indigna. Imaginen mi olor mezclándose con el olor a suavizante en las sábanas intensamente blancas, con el olor a coles cocidas, a leche hirviendo, a geranios, plantas... todo en una amalgama en el que el olor de mi cuerpo lo transformaría todo, convirtiendo lo hogareño en vomitivo.
Así se darían cuenta mis vecinos de que alguien había muerto, cuando el olor de costumbre se transformase...
(Dentro)
PADRE: ¡Le habrá dado algo!
MADRE: ¿Tú crees?
HIJO: ...cuando la cotidianidad de olores se viera acuchillada por el olor nauseabundo de un cuerpo que se descompone...
PADRE: La vida que llevaba, ya se sabe...
HIJO: ...años de comida basura, de alcohol en vena...
MADRE: Las malas compañías, que nunca le hicieron bien... Pues habrá que ir al entierro, ¿no?
HIJO: ...de medicamentos, de drogas...
PADRE:No sé. Yo con esa familia ni fu ni fa...
HIJO: ...de un sedentarismo abrumador, haría de mis efluvios algo no medible...
MADRE: Vecinos de toda la vida de mis padres.
PADRE: ¡Pobres padres!
MADRE: ¡Dios lo tenga en su gloria!
HIJO: (Se toma otra pastilla) ¿Se podrá medir el olor?
Veis, hago miles de preguntas absurdas. Eso resume un poco mi vida. Lo absurdo resume mi vida. Si no, miradme aquí, encima de un escenario haciendo cábalas de cómo será mi muerte... Podría haberlo escrito en una novela, pero la literatura es blanda, yo soy algo más bizarro, más egocéntrico, quizás. Necesito más carne; más desgarro... No sé. Ponedle vosotros el nombre que queráis, joder, haced vosotros algo, no solo estar ahí sentados oyendo decir gilipolleces.
El caso, es que aquí estoy, hablando de mis movidas.
(Entrando)
PADRE: Tú madre y yo vamos a misa de ocho, a desayunar, y después de entierro. ¿Te vienes?
HIJO: No, prefiero quedarme en casa.
PADRE: Te vas a quedar mustio. Sal, que te dé un poco el aire.
HIJO: No soy una planta, papá.
PADRE: Pues pálido, o como se diga. El caso es que tienes que salir a que te dé el aire...
(Entrando)
MADRE: Y sol, mucho sol, para la vitamina D o la C. Ahora no sé cuál es. ¿Cuál es la de las naranjas?
PADRE: La C.
MADRE: Pues esa. Un poco de sol y vitamina C, para recargar pilas. Y después te vienes con nosotros al entierro de Jacinto. ¿Te acuerdas de él?
HIJO: No.
PADRE: ¿Cómo no te vas a acordar si jugabais de pequeños?
MADRE: Tengo una foto por aquí, de cuando teníais unos cuatro años. ¿Dónde está el álbum?
PADRE: En ese cajón.
HIJO: No recuerdo.
PADRE: ¡Que sí hombre! Que vivía unas tres casas por debajo de la casa de la tía María.
HIJO: ¿Aquí?
MADRE: Aquí no. ¿Desde cuándo ha tenido la tía María casa aquí? En el pueblo, la casa de la tía María del pueblo.
HIJO: No sé.
MADRE: Si yo creo que éramos hasta parientes por parte de su abuelo.
PADRE: Pues sí, puede ser. De su abuelo Anselmo...
MADRE: ¡No! De su abuelo paterno, no materno.
PADRE: ¿De Pascasio?
MADRE: Sí. Pues creo que se casó con una prima hermana de mi madre. Mira aquí está...
Qué tiempos!
PADRE: ¿A ver? La de años que han pasado... Mira hijo.
MADRE: Este de aquí, el tercero por la derecha es Jacinto.
HIJO: ¿Y yo?
PADRE: Tú, pues este.
MADRE: Cómo tiene la cabeza, que ni se reconoce. Si llevabas tu jersey favorito, no se lo quitaba ni a la de tres... ¿Te acuerdas?
PADRE: ¡Qué tiempos!
HIJO: Yo no soy ese.
PADRE: ¿Cómo no vas a ser ese? No digas tonterías.
MADRE: Si no has cambiado nada. La misma cara tienes...
HIJO: Es Andrés.
MADRE: ¿Tu hermano?
PADRE: ¿A ver?
HIJO: Sí, mi hermano. Vuestro otro hijo...
MADRE: Pero si este jersey...
HIJO: Lo heredé.
PADRE: ¿Seguro?
HIJO: Seguro ¿de qué? ¿Del jersey o de que no soy yo?
MADRE: Pues yo juraría...
HIJO: No es mi jersey, no son mis ojos, ni mi pelo, ni mi cara...
PADRE: La verdad es que se ve algo borrosa.
MADRE: Bueno, da igual. ¿Vienes o no vienes al entierro?
HIJO: No, no suelo ir a entierros de desconocidos.
PADRE: ¡Como quieras! Pero de todos modos deberías salir a tomar el aire...
MADRE: ¡Eso es!
(Saliendo)
MADRE: ¡Pues yo sigo creyendo que es él!
PADRE: ¿Esta morenita no es la de la Julia?
MADRE: Sí, sí. Dicen que está en Texas o China, ahora no sé. Un portento de muchacha. ¡Qué buena pareja hubieran hecho!
PADRE: Un buen partido, sin duda...
(Saliendo)
HIJO: Sí, sin duda, todo se transformaría con mi muerte.
¿Quién revolverá en mis cajones cuando yo ya haya muerto?
¿Quién se encargará de tirar a la basura, antes de que lleguen mis padres del pueblo, las revistas porno, los juguetes sexuales, las drogas y los condones? ¡No quiero traumatizarles, joder! ¡Bastante tienen con mi muerte y el perro! No hace falta que carguen también con la verdad.
¿La portera? ¿El vecino del quinto? Ellos no sabrían que hacer, ¿por qué iban a saberlo? No sabían ni mi nombre. ¿Cómo van a saber qué hacer con los consoladores negros?
¿O qué coño van a hacer con la lencería de mujer que guardo en una pequeña caja escondida en la repisa superior del armario empotrado?
Esa lencería que me pongo a veces para alguno de los hombres con los que quedo...
Si muero solo, sin nadie, quién tirará todo eso, antes de que mis padres -sé que moriré antes que ellos-, mis hermanos, mis sobrinos, lleguen a casa para levantar mi cadáver -rodeado, para más inri, de policías, jueces, y quien quiera que acuda a esos sitios, joder, cuando alguien muere solo en su casa-.
(Entrando)
PADRE: ¡Yo no he dicho eso!
MADRE: Sí, sí lo has dicho. Ahora no vas a hacerme pasar por tonta.
PADRE: ¡Por tonta, no! Pero escuchas lo que te da la gana...
MADRE: Escucho tan solo lo que has dicho. Palabra por palabra.
HIJO: ¿Por qué gritarán ahora?
MADRE: No gritamos, hablamos, y deja ya de mirar a la pared...
HIJO: La cuarta pared.
PADRE: ¡Como si es la quinta! Deja de mirar a la puta pared y de hablar como si no pudiéramos escucharte.
MADRE: Es insufrible. Es como si todo el día estuviéramos con un murmullo metido en la cabeza. Mira que intentamos que no se oiga el maldito murmullo, pero ahí está, como un pitido de esos de paro cardíaco... ¡Prefiero la música insoportable de los vecinos a esta tortura china, día sí y día también!
HIJO: ¿No discutíais entre vosotros? ¿Qué pinto yo ahora?
MADRE: Pintas y mucho.
PADRE: Tu madre tiene, razón. ¿Cómo no vas a pintar? Si vives aquí, comes aquí, respiras aquí y meas y cagas aquí...
MADRE: Eso es. Y a ver si de una vez por todas te da por subir y bajas la taza del wáter, que siempre me mojo el culo cuando meo.
HIJO: No entiendo nada.
MADRE: ¿Y ahora a quién coño le hablas?
HIJO: A los dos.
PADRE: Es que no hay nada que entender, como si subir y bajar la tapa fuera un asunto filosófico... es solo subir y bajar la tapa, sin reflexión, sin comeduras de cabeza. Solo un movimiento sencillo, de arriba abajo, no es "ser o no ser"..
MADRE: Es "hacer o no hacer".
PADRE: Eso exactamente. Hacerlo o no hacerlo. Sencillo. Simple. Conciso.
HIJO: Está bien. Lo siento. Estaré más atento.
MADRE: Gracias. Y tú no te creas que me he olvidado de lo que me has dicho...
PADRE: ¡Que yo no he dicho eso!
MADRE: Claro que lo has dicho. Pero vamos que, si crees que me va a afectar, lo llevas claro... Tengo yo bastante anchas las espaldas para que no me afecten las cosas...
(Saliendo)
PADRE: ¡Como tú digas!
(Saliendo)
HIJO:¡No soy transexual, no es eso, joder! Que le ponéis etiqueta a todo. Y no porque me importe ser o no ser transexual, es solo que, todo es mucho más sencillo, y nosotros lo volvemos complejo, con tanta puta etiqueta.
< Sí, digo muchas palabrotas, lo sé. Iré al infierno. Ya está resuelto. Lo asumo.
(Entra)
PADRE: ¡Aquí está! Ya no sé ni dónde dejo las cosas.
(Sale)
HIJO: (Se toma otra pastilla) Recuerdo haberme masturbado vestido con el traje de novia de mi madre. Era sentirme expuesto y vulnerable lo que hacía que se acelerase el corazón y la piel se pusiera en alerta, como si pudiera sentir cada músculo, cada tendón, cada átomo de mi cuerpo en armonía... ¡Todo el mundo, alguna vez en su vida, debería sentir el placer que da sentirse vulnerable!
¡Sí, eso es! ¡El placer de la vulnerabilidad! Cuando uno se abandona a eso, descubre el placer primario. Dejar de tener las cosas atadas, medidas; olvidar compromisos y olvidar rutinas, olvidar que tienes que volver a trabajar en aquel cubículo pequeño donde te dedicas a recopilar datos, y más datos, miles de datos, una montaña de mierda de datos...
¡Por eso me gusta sentirme vulnerable!
¡Por eso me visto de mujer para otros hombres!
¡Para olvidarme de los datos me pongo medias de encaje negro! Solo uso negro, nada de colores, que no soy un excéntrico. Uso medias de encaje negro para olvidarme de los datos...
(Entrando)
PADRE: ¿Te ha dicho algo tu madre?
HIJO: ¿De qué?
PADRE: No sé, de algo...
HIJO: Sí, me dice muchas cosas sobre cosas...
PADRE: Digo, de eso...
HIJO: De eso, ¿qué?
PADRE: ¡No seas tonto! De lo que hablamos de tu hermano... que le ibas a preguntar, a ver si ella estaba de acuerdo...
(Entrando)
MADRE: ¿Otra vez como dos viejos cuchicheando?
PADRE: No cuchicheamos. El niño me decía que le gustaba una chica...
HIJO: ¡Papá!
MADRE: ¡Mentira gorda! Sí el niño es maricón...
HIJO: ¡Mamá!
MADRE: ¡Perdón! Gay. La de tonterías que tenéis en la cabeza... Mariquita hemos dicho siempre, no sé a qué viene eso de dejar de llamar a las cosas por su nombre. Como lo del selfie ese... un retrato de toda la vida de Dios.
HIJO: Exactamente lo mismo, mamá...
MADRE: Pues eso. Y ahora seguid con vuestra conversación de porterillos, que ya ves tú lo que a mí me puede importar...
(Saliendo)
PADRE: ¿Entonces?
HIJO: ¿Entonces, qué?
PADRE: Que si le dejamos el dinero a tu hermano. Ya sabes que lo necesita para el coche nuevo, y tú aquí no necesitas nada. No te falta de nada, comida y techo tienes, ¿no?
HIJO: No, papá. Yo no necesito nada.
PADRE: Pues por eso. Él siempre ha tenido el capricho de ese coche...
HIJO: Claro.
PADRE: Ya más adelante, cuando lo necesites tú, ya vemos como hacerlo. O te quedas con el mío, que sí que está algo viejo...
HIJO: Como el jersey.
PADRE: ¿Qué jersey?
HIJO: El de la foto. El jersey amarillo que siempre llevaba cuando era niño, pero que nunca fue mío...
PADRE: Eso es lo de menos.
Más de uno daría lo que fuera por tener mi coche, aunque sea viejo. Cuando lo tengas ya me darás las gracias... Además, tú te mueves poco, no sales de aquí nunca.
HIJO: Sí, yo me muevo poco.
PADRE: Por eso. Y ya sabes cómo es tu madre para el dinero. Siempre contando hasta el último céntimo...
HIJO: Para una lápida bonita...
PADRE: ¿Cómo?
HIJO: Qué contará los céntimos para una lápida bonita, para otra cosa no sirve guardar el dinero.
PADRE: ¡No seas bruto! Hay que ser precavido por lo que pueda pasar. Además, el seguro ya está bien pagado, así si nos morimos no os costará un riñón el entierro.
HIJO: ¿Y si me muero yo? ¿O Andrés?
PADRE: ¡Qué tonterías dices! Eso no va a pasar...
HIJO: ¿Y si pasa?
PADRE: Pues si pasa ya se verá, pero ahora, el tema es el coche de tu hermano. ¿Se lo dices tú a tu madre?
(Entrando)
MADRE: Decirme ¿el qué?
PADRE: Nada.
MADRE: ¿Cómo que nada? ¿Otra vez chismorreando a mis espaldas?
PADRE: No. No es eso... Es... Dile tú.
HIJO: Andrés quiere que le compréis un coche.
MADRE: ¿Cómo?
PADRE: ¡Que no!
MADRE: ¿Entonces qué es?
PADRE: Es eso, un coche... Pero no es el modo decir las cosas, así de golpe. Tu hijo no tiene medida.
HIJO: ¿No querías que se lo dijese?
PADRE: Sí, pero no así...
HIJO: ¿Cómo?
PADRE: Da igual. Contigo es imposible hablar...
MADRE: ¿Y?
PADRE: Andrés quiere comprarse un coche, y nos ha pedido que le ayudemos...
MADRE: Y ¿de dónde sacamos nosotros el dinero? No, de eso nada... ¡Será posible!
(Saliendo)
PADRE: No te vayas así, que no es para tanto. Además, tenemos los ahorros de la venta de los olivares...
(Saliendo)
HIJO: (Se toma otra pastilla) Continúo. Iba por lo de masturbarme con el vestido de novia de mi madre. Mi freudiano todo.
El semen sobre el blanco impoluto, sobre las blancas flores de plástico impolutas del vestido de novia de mi madre. Falsas performances infantiles, que solo adquieren un sentido, cuando se mira al pasado, desde los traumas del presente. Pero nos acomoda, nos calma, nos hacen vernos como víctimas y no como meros artífices de los hechos...
¡Ser víctima siempre funciona, joder!
(Entrando)
MADRE: Y tú, ¿estás conforme con eso?
HIJO: ¿Con qué?
MADRE: ¡Con lo del coche de tu hermano!
HIJO: Me da igual...
MADRE: ¿Cómo te va a dar igual? Si le damos el dinero, te tendremos que dar a ti, y no hay, no hay para los dos, no hay...
HIJO: Yo no necesito nada.
(Dentro)
PADRE: ¿Dónde está mi corbata nueva?
MADRE: En el cajón de la mesilla... ¡Espera, ya voy!
(Saliendo)
HIJO: No me importa que encuentren mi lencería negra.
Me parecería más vergonzoso que alguien descubriera los poemas de amor que había escrito. Esos poemas absurdos de dolor impostado y pedante...
(Entrando)
MADRE: ¿Entonces, sí?
HIJO: Sí, ¿qué?
MADRE: El dinero para tu hermano...
(Entrando)
PADRE: Sí al final un coche es una inversión.
MADRE: No sé yo...
PADRE: Así nos puede llevar donde queramos, el mío viejo está para pocos trotes ya...
MADRE: Eso es verdad.
PADRE: Lo pensamos por el camino, que llegamos tarde.
MADRE: ¡Qué hora! No llegamos a tiempo... Cojo las velas y nos vamos.
PADRE: ¡Listo!
(Saliendo)
HIJO: (Se toma otra pastilla) Eso sí sería vergonzante.
Y seguro que ellos, aquellos que me descubrieran, en esa absurdez, que a veces manejan los vivos, acabarían publicando y aireando esos absurdos poemas, que debí haber destruido hace años, y que no sé por qué extraña razón, aún conservaba. Seguro que los publican y hasta cobran los derechos de autor de la SGAE. Se forrarán a mi costa, con esos poemas de mierda...
El estampado de semen sobre el traje de novia de mi madre es mucho más artistico y real que los malditos poemas...
Sí, sin duda. Prefiero que descubran la lencería.
(Entrando)
PADRE: ¿Nos llevamos al perro?
MADRE: Pero ¿cómo te lo vas a llevar si no puede entrar en misa?
PADRE: Me quedo yo con él fuera.
MADRE: ¡Sí, claro, y te libras del responso!
HIJO: No importa, déjalo. Aún es temprano, está dormido.
MADRE: ¡Lo que duerme ese animal!
PADRE: Y lo que come y lo que ronca...
MADRE: ¡Lo tenías que haber llevado a una perrera de esas! Solo gastos dan...
HIJO: Y compañía...
MADRE: ¿Qué?
HIJO: También da compañía...
PADRE: No sé yo si eso compensa.
MADRE: Ya te digo yo que no.
PADRE: Sácalo tú un rato.
MADRE: Eso, así te da el aire a ti también... ¿He cogido el monedero?
PADRE: No sé.
MADRE: Cada día estoy peor...
(Saliendo)
PADRE: Saco la basura.
(Saliendo)
(Desde dentro)
MADRE: Ahora no se puede bajar, que no es hora.
PADRE: Eso da igual, si no nos ve nadie...
MADRE: ¡Qué cabezón eres!
PADRE: Además, no huele.
MADRE: Haz lo que quieras, que contigo es imposible...
(Puerta de la calle)
(Silencio)
HIJO: (Se toma otra pastilla) A los que morimos solos nos dejan expuestos.
Y si mueres solo en casa, tirado en el suelo sucio de la cocina, el mundo asume que te da igual tu intimidad porque, si no, hubieras muerto en otro lado más limpio y aséptico, y con unas bonitas baldosas.
¡Te lo merecías! Dirá alguno, seguro. ¡Qué cabrón!
Nadie quiere morir así, uno espera algo más de... ¿cómo lo diría? Algo más de dignidad. Sí, supongo, que esa es la palabra exacta. Dignidad.
Joder, espero que encuentren la lencería y no los poemas...
¡Qué paradoja!
Con la de veces que la he perdido, la dignidad, yo...
Yo...
...no sé sí...
Con la de veces que...
...yo...
¡Dios!
Con la de veces... no sé si...
(Cae. Silencio largo.)
EPÍLOGO
(A elección del director/a se incluye o no el montaje o cae el telón sin más)
(Murmullo de los actores dentro.)
(La obra ya deja de ser ficción y comienza a ser verdad.)
(El ACTOR-HIJO ha ido consumiendo de verdad las pastillas que ha ido tomando, a la vista del público, a lo largo de la obra.)
(Aquí el texto de los ACTORES no existe. Solo existe lo que pudieran sentir en una situación similar, y las palabras que puedan nacerles.)
(Se encienden las luces del patio de butacas.)
(Equipo se pone en alerta.)
(Todo un movimiento alrededor del público. Llamadas. Sonidos. Se debe conseguir, al menos por unos minutos, que el público crea, que el hecho escénico ha invadido la realidad.)
Oscuro