ARCHIVO N.0

[ TERMINAL DE LECTURA ]

OPINIÓN

SRTA CLAPET ID: OP_001

PATRIA Y SILENCIO

Dos mundiales, dos países.

Recuerdo ese día de dos mil diez algo borroso por todo lo que estábamos pasando. Esa fue una de las primeras visitas que hice a Barcelona después de marcharnos a vivir al pueblo. Podría decir que gracias a ese día histórico —deportivamente hablando— en el que la Selección Española de Fútbol masculino ganó su primer y único mundial hasta la fecha, recuerdo aquellos años, porque de ellos solo me recuerdo anestesiada, perdida y ausente; o, más bien, intentando disimular la ausencia. En ese momento tenía diecinueve años y hacía cuatro que vivíamos en el pueblo, después de abandonar nuestra vida anterior sin entender todavía muy bien por qué.

Estábamos en el salón de casa de mis abuelos maternos. Recuerdo perfectamente a mi abuelo sentado en su sillón, viendo como siempre el fútbol, pero ese día era especial por cómo se iban a desarrollar los acontecimientos.

En mi casa todos mis tíos han jugado siempre al fútbol y nosotros, los primos, nos hemos criado yendo los domingos al campo del Singuerlín, el equipo de nuestro barrio, donde jugaban todos los Carrascos. Todavía se me hace la boca agua recordando esos bocadillos de morcilla que comíamos en familia cuando terminaban los partidos. Nunca he probado ninguno igual.

Recuerdo también la ilusión de todo un país puesta en esos jugadores. Se respiraba en el ambiente que esta vez sí, que esta vez España iba a ganar el mundial. Recuerdo la patada en el pecho de De Jong a Xabi Alonso, la parada con la punta de la bota de Iker Casillas a Robben y el gol de Iniesta. Recuerdo cómo todo un país celebró, salió a la calle y estalló de alegría.

Aquella alegría tenía algo de pacto colectivo: durante unas horas parecía que todo lo demás quedaba suspendido. El paro, los desahucios, las derrotas íntimas. Como si el fútbol pudiera funcionar como una morfina breve, eficaz, compartida.

Hoy me da pena pensar que aquella euforia fue también uno de los puntos de inflexión de ese "a por ellos, oe" del sentimiento nacionalista español que nos tocaría sufrir años más tarde. Es curioso cómo de todo lo bueno siempre hay quien aprende a sacar algo malo.

Recuerdo con tristeza, indignación y rabia cómo en agosto de dos mil veintitrés las jugadoras de la Selección Española de Fútbol ganaban el primer mundial para nuestro país en femenino. Y no porque no fuera uno de los días más importantes para las mujeres de este país —por eso estaba hiperfeliz—, sino porque fui consciente de cómo a los hombres les resbalaba esa final. La falta de apoyo por parte de la sociedad masculina debería recogerse en un estudio. Fliparíamos con el desinterés.

En dos mil diez nosotras parábamos la vida por ellos. En dos mil veintitrés ellas no obtuvieron lo mismo. Al menos al principio. Luego ya se sabe: cualquiera se sube al carro de las ganadoras.

El apoyo masculino al feminismo suele llegar cuando no exige renuncias. Cuando no obliga a perder protagonismo, ni a incomodarse, ni a dejar de ocupar el centro. Mientras tanto, se disfraza de gesto pequeño: una camiseta, una consigna, unas uñas pintadas.

Vi el partido sola. Todo el mundo siguió con su vida y sus planes. Para muchos era algo menor, algo que se podía escuchar de fondo en la piscina por la radio. No era un momento para que se parara nada. No era lo suficientemente relevante y eso me hizo consciente de todo lo que aún quedaba por conseguir.

Lo vi en el salón de mi casa del pueblo, con mi abuela paterna, que flipaba con mis saltos y mis nervios. Con esa mezcla de orgullo y rabia que suponía esa final para las jugadoras y para todas las niñas como yo, a las que nos habían hecho creer que el fútbol no nos podría pertenecer nunca. Que no podríamos ocupar esos espacios. Que en los campos de fútbol solo se habla en masculino.

Creo que Alexia, Paredes y Jenni no son del todo conscientes de lo importante que fue ese momento para todas las que estábamos detrás de la pantalla. Para todas las que nos dimos por vencidas en el camino. Porque si te invitaban a irte, te ibas. Y además te ibas envuelta en un silencio ensordecedor y doloroso.

Renunciar a algo que amas porque te expulsan de ello es una de las violencias más silenciosas que hemos vivido muchas mujeres. Solo ahora, cuando recuperamos el espacio y volvemos a mirar el campo, entendemos lo que perdimos. Somos esa generación de treintañeras que abandonó por la puerta de atrás su afición porque no había sitio para nosotras.

Lo que pasó después es mundialmente conocido: un presidente que se agarró los genitales delante de la reina y la infanta, que besó sin consentimiento a una de sus jugadoras y que intentó ser el protagonista de todo. Un entrenador que negó el mundial a jugadoras imprescindibles y que enfrentó a distintas generaciones dentro del vestuario para sostener su puesto. Qué asco. Qué pena.

En el otro lado, unas jugadoras unidas, organizadas, profesionales. Hicieron todo bien para poder quitarse a esos hombres de encima. Con dolor, con esfuerzo, con una dignidad que no se aprende en ninguna federación. Gracias

Y luego están ellos. Los jugadores de la selección masculina. Decepcionantes. Un capitán ridículo en sus comunicados. Un seleccionador palmero que sigue en su sitio. Un equipo que esperaba que nosotras estuviéramos ahí en la eurocopa jugada en dos mil veinticuatro como en dos mil diez. Y no.

Negarse también es una forma de lealtad. A veces no apoyar es la única manera de no traicionarse. Aunque sea un pequeño gesto o no le importe a nadie.

Vi algún partido. Pensé que quizá recuperaría algo de aquella ilusión porque quería recuperarla. Pero no. Con ellos ya no. Sentía que me traicionaba a mí y a las jugadoras que se lo jugaron todo. Nunca había sentido tanta desidia frente a una victoria.

Hoy el fútbol masculino se me parece a aquellos campos inalcanzables de la infancia. Solo un jugador renunció públicamente a la selección por esto y fue ignorado. Gracias, Panda

Ojalá sepamos convivir con esta rabia. A mí a veces se me atraganta. Y ojalá siga habiendo pequeñas grietas de esperanza, como la de Paco, amigo de mis padres, que desde el TAD sostuvo que sí hubo abuso de autoridad en el beso de Rubiales a Jenni Hermoso.

“Este exceso (...) podría llenar el tipo infractor administrativo de abuso de autoridad”.

Eso dijo mi (casi) tío. Y qué orgullo.

En dos mil diez fue patria y bandera.
En dos mil veintitrés fue un silencio ensordecedor desde el lugar que más importaba: el del fútbol masculino.

PLUMA ROJA ID: OP_002

LA EUTANASIA DEL PENSAMIENTO

Por qué el sistema quiere que dejes de buscar palabras.

Lo escuchamos todos los días, se nos deja caer con unos mensajes o con otros; pensar, cansa. Tan solo hace falta andar por la calle de una gran ciudad cualquier mañana de un día laborable, está en todos lados, anuncios, estrés, gente corriendo de un lado a otro y un tráfico agotador. Ante este imparable acoso y derribo de la paz y el silencio tal y como lo conocíamos, todos nos agarramos a lo mismo: la resignación. Es un arma de potencia colosal, sabemos muy bien qué significa: llegar a casa, encender el móvil y hacer un scroll infinito. Al final del día tenías muchas cosas que hacer y sin embargo te das cuenta de que has “invertido” seis horas de la tarde en ver vídeos de quince segundos de los que no recuerdas ni uno solo. El problema es doble, no has hecho una sola tarea productiva, no importa si es del hogar, de los estudios, del trabajo. Da igual. Solo vídeos de quince segundos. Solo información vacía. Pero es en el segundo problema donde realmente encontramos lo preocupante de la cuestión: ¿Acaso en ese tiempo te ha dado oportunidad a pensar sobre algo? ¿En establecer una opinión sobre política? ¿En intentar solucionar ese problema que te ha ocurrido hoy? ¿O quizá tan solo has sido un adicto que consume dopamina sin parar? La respuesta es clara.

Reflexionando sobre esto nos podemos dar cuenta muy fácilmente de cuándo es el único momento del día en el que de verdad pensamos sobre algo. Siempre justo antes de dormir. ¿Por qué en ese momento? ¿Por qué no cuando estás trabajando o andando por la calle? Muy sencillo, no hay estímulos que nos distraigan. En este sistema que nos ha tocado vivir no existe el silencio, no existe el aburrimiento, aún incluso en el momento perfecto donde se podría pensar sobre cualquier cosa, siempre hay algo que nos distrae, una música de fondo, algún sitio al que ir rápidamente, el sistema no ofrece tregua. Es una guerra infinita. Es por eso que la única opción es hacerlo antes de conciliar el sueño y repetir el círculo, pero claro, ¿Quién se acuerda al día siguiente? Muchas veces nos quedamos dormidos antes de poder siquiera formar un pensamiento completo (probablemente por el cansancio que nos produce ir todo el día luchando en esa guerra ya mencionada), otras veces los estímulos del día siguiente son la excusa perfecta para convertirnos en completos incapaces. Incapaces de solucionar esa discusión con un amigo que tanto nos atañe, incapaces de entender nada de lo que pasa en el mundo (algunos de ni siquiera reconocer lo que es un genocidio o una invasión).

Todo esto no es una casualidad, nos quieren hacer ver que cualquier cosa que realmente nos pueda hacer formar un pensamiento crítico, lo que sea que nos ponga frente a frente contra nosotros mismos y contra el mundo, no merece la pena. Ya no es necesario que haya gobiernos que censuren libros, que reduzcan la cultura. Cuando la población misma está convencida, no hace falta que venga un soldado nazi a la puerta de tu casa para apalearte por las ideas que has escrito en tu libro, ni que se ejerza una gran represión contra el que es diferente. Hoy en día eso ya no lo hacen los soldados, lo hacen millones de personas en las redes sociales poniendo comentarios homófobos en una publicación porque su influencer de confianza al que ven durante “muchos quince segundos” todas las tardes les ha hecho pensar que está bien porque están detrás de una pantalla.

“Todos los extremos siempre son malos”; “yo no soy ni machista ni feminista”; “todos los políticos son iguales”; “el problema de este país es que la gente no quiere trabajar”... Este tipo de frases las puedes escuchar a un espectro muy amplio de personas, desde tu tía la que lleva bolsos de miles de euros en una cena de nochebuena hasta tu compañero de clase vestido con unos chinos y con una bandera de España en la muñeca porque está convencido que, por ello, es mucho más patriota que tú.

“La triste realidad es que, en su mayor parte, el mal lo causa gente que nunca toma la decisión de ser buena o mala”

Estas palabras las dijo una persona que parecía avanzada a su tiempo y que perfectamente podría estar refiriéndose a 2026, Hannah Arendt. Ella hablaba de burócratas en despachos; hoy hablamos de algoritmos en pantallas de cristal. No es que tu tía o el pijo de turno sean malas personas, es que hacen lo que la mayoría: resignarse. Pero no podemos pasarlo por alto, estos comentarios no son inofensivos, la teoría que alguien ha formado de oídas por un reel de Instagram no es algo para tomarse a risa, si preguntas más a fondo a este tipo de personas en menos de un minuto te soltarán alguna frase como: “yo creo que el problema de los inmigrantes es muy grave porque solo vienen a delinquir”. Esto antes se combatía muy fácilmente, con cultura. Pero a día de hoy ¿quién se va a parar a leer un libro de trescientas páginas o escuchar a un experto hablar durante más de dos minutazos? La atención ya no existe.

Sin palabras no hay deseo: cuantas menos palabras conozcas, menos realidades podrás imaginar. Si no tienes la palabra "precariedad", solo sientes un malestar difuso; si no tienes la palabra "justicia", solo sientes una rabia ciega. Lo que no puedes nombrar, no existe. Al reducir nuestro diccionario a cuatro eslóganes y tres emoticonos, nos están robando la capacidad de protestar con precisión, de entender qué es lo que de verdad sucede. Razonar es cada vez más parecido a una novela olvidada y llena de polvo. Es la eutanasia del pensamiento.

Se nos llena la boca diciendo que la juventud es el motor del cambio, pero un motor sin dirección es solo una máquina que quema energía en el vacío. La cultura no es un adorno para quedar bien en las cenas; es la herramienta para entender que no estamos obligados a repetir los errores del pasado con "entusiasmo”.

BYRON E. VELIS ID: OP_003

LA ESCRITURA COMO TRANSFORMACIÓN EMOCIONAL

El artículo explora la escritura como un proceso de transformación emocional, donde el duelo y la pérdida se convierten en creación artística a través de la palabra.

Hay emociones que no encuentran su espacio en el universo, sin embargo, necesitan ser expresadas y sentidas. Es en estos momentos cuando la escritura surge como una herramienta para transformar un sentimiento en un relato, una historia mágica… O un poema.

De esta forma nació "Hablándole a la Luna", como una ventana para exteriorizar sentimientos que estaban ocultos en una nube de negatividad y demandaban ser expresados. Eventualmente, se convirtieron en poemas que buscaban, a su manera, liberar diferentes emociones e ideas.

Más adelante estos poemas pasaron a ser las reflexiones de un gato negro a lo largo de su recorrido hacia la salida de un bosque mágico que dejó de ser su hogar y lo obliga a seguir adelante, mientras habla con la luna y reflexiona sobre el tiempo que compartieron juntos.

Aunque los poemas fueron surgiendo de manera independiente, como un alivio para exteriorizar sentimientos a lo largo de varios meses, si se presta atención, aparece en ellos el recorrido del gato, atravesando diversas etapas del duelo después de haber perdido su conexión con la luna, que alumbraba su camino y le daba paz en la oscuridad, hasta que finalmente llega a un estado emocional más pacífico, logra tomar valor y emprender un nuevo camino.

De esta forma, logré plasmar mi propio duelo y convertirlo en arte. En un primer momento, una emoción negativa como la tristeza o la frustración, puede parecer el inicio de una cadena de negatividad, pero si tomamos una perspectiva diferente y buscamos la manera de expresarlos sin odio y sin resentimientos, pueden ser la base de algo más grande y a la vez, un alivio para el corazón.

“Hablándole a la Luna” es una prueba de que a pesar de las nubes negras, la luz siempre encuentra su camino. De la misma forma, la escritura puede ser una excelente forma de canalizar emociones y pensamientos que no es posible expresar en el exigente día a día, que se roba el tiempo y nos invita a olvidarnos de quienes somos. Escribir puede llevarnos no solo a lugares fantásticos llenos de magia, sino también a lo más profundo de nuestro ser, recordándonos quiénes somos realmente y quién queremos ser el día de mañana.

ENSAYO

P. ROSADO

RESISTIR AL RUIDO

En una sociedad saturada de ruido, el silencio puede ser un acto consciente de resistencia. Callar no es sinónimo de indiferencia.

En el día a día vivimos rodeados de ruido. Este ruido no solo tiene por qué ser físico, también nos referimos a un ruido mental y simbólico: opiniones constantes por parte de quienes nos rodean, información ininterrumpida, sin descanso, juicios inmediatos... Todo esto parece exigirnos siempre una respuesta rápida, una postura clara y, en ocasiones, radical, una reacción visible. El silencio, en este contexto, es interpretado la mayoría de las veces como indiferencia, ignorancia o incluso complicidad. Sin embargo, puede que el silencio sea hoy una de las formas más profundas e inteligentes de resistencia.

Estamos acostumbrados a opinar sobre todo. Parece asumirse que la ausencia de opinión equivale a una falta de pensamiento. Esta creencia se evidencia en expresiones como “no tienes un pensamiento formado”; “eres una persona despreocupada” o incluso “cállate, que no tienes ni idea”. ¿Es el silencio verdaderamente un vacío o encierra la posibilidad de convertirse en una solución?.

Entre otras premisas a este problema, nos encontramos con las redes sociales. Estas han convertido la expresión en una obligación implícita: si no dices nada, parece que no existes. Pero esta necesidad permanente de hablar no siempre nace del pensamiento, sino de la inercia, de la impulsividad que impone el ritmo digital. Se opina antes de comprender, se responde antes de reflexionar. ¿Cuántas veces te has parado a pensar en si tu opinión sobre “x” tema es realmente tuya o si la has adoptado, en cierto grado, de alguien más? Bien sea tu entorno, los medios o las voces más visibles. En resumen, el ruido no deja espacio a la duda, y sin duda no existe un pensamiento razonado.

El silencio no es ausencia, sino espacio. Es el lugar donde se ordenan las ideas, donde se digieren las experiencias y donde se puede escuchar y reflexionar de verdad. Callar no implica no tener opinión, sino posponerla, cuidarla y permitir que madure. En una sociedad que confunde rapidez con profundidad, el silencio se convierte en un acto consciente de desaceleración.

Además, el silencio también nos protege. No todo debe ser compartido, no todo debe ser explicado. Saber reservarse parcelas de intimidad es una forma de preservar nuestra identidad. Cuando todo se expone, se corre el riesgo de vivir hacia fuera, de construir una versión de nosotros mismos únicamente pensada para ser vista y validada. El silencio, en cambio, devuelve la mirada hacia dentro.

Elegir no participar en el ruido constante es una decisión que va contra corriente. Supone aceptar la incomodidad de no posicionarse inmediatamente, de no responder a todas las provocaciones, de no formar parte de todas las conversaciones. Pero también supone recuperar el control sobre el propio tiempo y la propia atención.

Quizá el verdadero acto de rebeldía no sea gritar más fuerte, ni sumar ruido, sino aprender a callar cuando el ruido ya no dice nada. En ese silencio, lejos de la saturación, puede surgir una palabra más honesta, más necesaria y más libre.

Basta con abordar la política de forma superficial para percibir ejemplos recurrentes de este fenómeno. Muchas personas parecen vivir de prestado: sus ideas nacen del eco de lo que les rodea. Repiten eslóganes o frases hechas, y rara vez se detienen a cuestionar lo que se les presenta como “verdad”. Esta es la causa de que los debates se hayan convertido en un juego de refranes y lemas, donde importa más ser parte de un bando que comprender de qué se habla realmente. No importa la convicción personal, es como llevar una “etiqueta social”. A menudo, las opiniones se transmiten como memes, titulares o frases cortas que simplifican problemas complejos hasta despojarlos de matices. Es decir, la política se comunica a través de mensajes muy fáciles de repetir que no muestran todo lo que conlleva un tema. Es por ello que si alguien decide no hablar de inmediato, guardar ese silencio que veníamos mencionando, se evita a sí mismo repetir automáticamente lo que otros dicen. Otorgar espacio a la duda, porque si no se duda resulta casi imposible formar un pensamiento propio real. Debemos cuestionarlo todo para ser plenamente capaces de decidir qué opiniones compartir, adoptar o desafiar.

El silencio no sólo es útil en la dimensión política. También nos ayuda en la batalla más importante, que no es otra que la que se da contra uno mismo. Hablamos de proteger nuestra mente del estrés, la sobrecarga de información y la ansiedad social.

Vivimos constantemente expuestos a información, opiniones y estímulos que compiten por nuestra atención. La presión por opinar y alinearse con la mayoría es un ejemplo de conformidad social: seguimos lo que otros dicen por temor a quedar aislados o a ser juzgados. Guardar silencio es, en este sentido, una estrategia de cuidado mental: protege la autonomía de pensamiento.

En definitiva, el silencio no es vacío ni ausencia. Es lo que nos permite discernir entre qué merece nuestra atención y nuestras palabras, preservar nuestra identidad, crear un pensamiento crítico. Quizá, entonces, la resistencia más silenciosa y poderosa no esté en levantar la voz, sino en aprender a callar cuando todos los demás hablan sin pensar, y a pensar cuando todos esperan una reacción inmediata. En ese espacio de calma y de reflexión, surge la libertad de ser dueños de nuestras ideas y de nuestras palabras.

NARRATIVA

E.G.

EL NEGOCIO DE LAS NUBES

Lo que parece un milagro se llena de incertidumbre, ¿lloverá mañana?

Era el día perfecto: el sol brillaba, los pájaros cantaban y el mundo entero parecía en paz. Por eso me resultó tan chocante que, en cuanto sonó el teléfono, empezara a llover; y no una llovizna cualquiera, no, sino el torrente de agua más abrumador que uno pudiera imaginar. Fue un suceso extraño, pero supongo que a veces la vida nos lanza eventos para los que no existe una explicación inmediata..

Lo que sí resultó inusual fue que ocurriese dos veces. A la mañana siguiente se repitió el patrón: un día idóneo para una barbacoa con amigos y, nada más sonar el teléfono, plaf, chaparrón. Aún era pronto para hablar de milagros. Bien es sabido que una vez es casualidad y dos son mala suerte, solo a la tercera se le puede empezar a llamar “intervención divina”.

Pero cuando al tercer día volvieron a tronar rayos y centellas justo tras el peculiar timbre del aparato, yo —hombre de ciencias poco dado a supersticiones, signos del zodiaco y otras patochadas— decidí investigar.

Esa misma tarde bajé al bar de la esquina. Le mentí a Fran, el camarero, diciéndole que se me había roto el despertador y que si podía llamarme en un par de horas para despertarme de la siesta. Era, por supuesto, una burda excusa para forzar la llamada.

Hasta la hora acordada, estuve en un estado de nerviosismo absoluto. Miraba el teléfono preguntándome qué haría si, al escuchar el característico ring-ring, el cielo se desplomaba otra vez. No tenía lógica. ¿Qué relación podía haber entre una señal telefónica y el ciclo del agua? Ninguna. Quizá alguna onda electromagnética afectaba el entorno y... bah, tonterías. Al final, la explicación científica me importaba menos que las consecuencias.

Ya había comprobado que los meteorólogos no preveían aquellas borrascas. Quizá yo podría ser el nuevo hombre del tiempo, alcanzar la fama mundial como el único capaz de predecir tormentas sin margen de error. O mejor aún: pensar a lo grande. Si la lluvia dependiera de mi teléfono, el silencio provocaría sequía. Cuando el mundo estuviera desesperado y sediento, yo haría llover, volviéndome más rico de lo que jamás soñé. Era un plan ruin, lo sabía, pero mis planes de futuro ya estaban encadenados a ese timbre.

La hora de Fran se acercaba. Solo quedaban unos segundos. Estaba a punto de descubrir si mi vida iba a cambiar de la noche a la mañana por... qué diablos, sí, por este milagro. Al carajo la ciencia. Yo solo quería fama y dinero; el resto me sobraba.

En ese momento, el teléfono sonó.

POESÍA

SU CHANGABAILES

ESPERANZAS EN CUNETAS

Este breve poemario es el inventario de quien observa cómo hemos desertado en favor de un simulacro.

Medio siglo de huesos

Me dan ganas tantas veces
de abrirme el pecho
y sacarme estas ansias.
Pero ¿qué sería yo sin eso?
Un cuerpo tirado en una cuneta
esperando que las ruedas
de una vida torcida
le pasasen por encima.

Aún ansío. Claro que ansío.
Sería yo sin eso casi medio siglo
de escombros sin función concreta.

En este lío de almas que se hacinan
y temen rozarse,
la incauta que soy,
viviría haciendo un pogo infinito
hasta caer rendida,
esperando que las huellas de otros pies
me pasasen por encima
y me causasen algún dolor.

Así que digo que no quiero sentir,
y lo que digo es una mentira
tan gorda
que puede asemejarse a la verdad
y pasarme por encima.

En esta cima de mi desaliento
he plantado un faro.
Vuestros ojos son una luz
que no se enciende para mí
sustituida por bombillas
de ideas idiotas
que me vienen a la cabeza
cada vez más.

¿Dónde diablos estáis?
¿No veis
que se le acaba el tiempo
a la suavidad de mis labios?

¿No veis
que he perdido la tersura
de mis manos
y la fuerza de mis hombros para
sujetar o construir mañanas?

¿Por qué duelen tanto estas ganas?
Y ¿por qué no te duelen a ti,
maldito infeliz?.


Requiebros

Vengan a mí de uno en uno
para despacharlos con malas formas
en este callejón sin salida donde,
escrita sobre baldosa azul,
luce la palabra zalamería.

No sé cómo defenderme de estos requiebros
sin mancharme las manos
ni como aceptarlos
sin partirme por la mitad.

No sé devolver ese golpe certero
que es un juicio amable
y que desarma más
que una bala entre las cejas.

¿Cómo estamos tan hechos
a golpe de martillo
que acabamos azorados
por palabras que acarician?

¿Cómo tendremos esta piel
tan esquiva a las cosquillas?

¿Cómo seré tan capaz de hablar en plural
por no sentirme sola en este precipicio?

Son los halagos hechizo consciente
y maldición consiguiente
si se les presta oídos.

Finjo ser sordomuda,
mover los brazos
en un idioma que no entiendes,
graznar fuera de la dulzura
contenida en el frasco
que no quiero malgastar con asnos.

Señorita del pan pringao.
Idiota que se imagina con una flor en el culo.
El regalo seguro.
¡La caja, la caja, la caja sin abrir
al final del concurso!
Te juro
que valía la pena en algún punto
entre el pasado y ahora.

¿Dónde moran
los deseos?
¿Dónde mueren
los reproches que escupo contra el espejo?
¿Dónde habré escondido
las pecas de luz de mis ojos negros?

Tengo la costumbre de amontonar
mis virtudes y defectos
bajo la misma tierra de esta maceta
con tal de lucir un orden traicionero,
y el desorden listo para brotar
en cualquier momento
y salirse de este tiesto
que me sujeta.


Aquí paz, y después... nada más

Añoro la vergüenza.
Quiero ser vergüenza frente a ti.
Una mancha en la camisa blanca.
Un comentario fuera de lugar.
Un chiste sin entender.
Una carcajada horrible.
Un negro residuo de comida
entre los dientes.

Añoro los nervios.
Quiero ese miedo a perderte.
Quiero ocultarte mis pies torcidos.
Que pueda arribar el rubor a mi cara.
Aparcar lejos este temple
que me ha dado la experiencia.

Tener la opción de decepcionarte
sin querer queriendo.
Que te importe y que me importe.
No poder mirarte a los ojos.
No tener el antojo de nadie más.
Desterrar esta impostada seguridad
que se agarra como garrapata
y pierde la cabeza dentro
por no soltarme.

Estoy tan infectada de mí en cada pliegue.
Tan afectada por la enfermedad
de la autosuficiencia autoinmune.
Tan sola en las multitudes
y tan cómoda
entre el montón de fantasmas
que he aprendido a domar bajo las mantas,
al calor de mi aliento.
Soy cimiento
y sustento de la hiedra que trepa
por el pedestal.
Soy un mantra mal aprendido:
Impar y desapego.
En paz descanse.
Descanse en paz
la tranquilidad mortecina
que atrae este desapego.

M.A. BALMASEDA

HIJOS DEL AGOBIO

Un manifiesto donde se canaliza la rabia por no tener un lugar donde vivir.

Del cielo despojados

Soportad vosotros el envite,
el arrollo incesante de vivir,
ahogarse en el día,

[por nada
para nada.]

De todo despojados,
no habrá refugio,
no habrá amor.

Llevamos viendo los mismos muertos
colgados en la cruz,
una y otra vez.

Para que deje de dolernos
a quién tendremos que rezar
si cuando el lamento se alza,
{ahogándose en la tierra},
ya no llega al cielo.

Esta resignación fiera,
volver a despertar,
uno, dos, tres,
probar suerte de nuevo.

No puedo, no puedo, no puedo.


El amor ya estaba ahí

Me siento
usado, ajeno,
en estos caminos,
donde el pensar no fluye
ni la memoria se arrastra.

Cuando el ruido calla,
me gusta pensar sobre el amor,
creer que ya estaba ahí,
que solo hacía falta alimentarlo,
-descubrirlo, cuidarlo, -
que este no pueda rebelarse
ni traicionar lo que vemos o tocamos.
Puede que nadie nos enseñara su lugar,
-ni mucho menos cómo guardarlo, -
pero algo ocurre al juntar las letras,
al intuir su sonido,

que nos golpea y lanza:

lejos,

lejos

de donde el dolor habita,
donde la pena no cala
ni sintamos el peso de la sangre
o la aspereza de la vida.

Ahí será;
un interludio de ternura,
un huequito donde querer
y no exista inquietud alguna por ser amado.


Flores y gritos

Un grito no alcanza muy lejos
si se lanza con palabras livianas,

intento:
[suave y paciente]
entablar un diálogo contigo,
con todos los que esperáis,
con aquellos cuyo tiempo cesó.

Me preparo a cada rato
buscando la sombra y el vacío
para cuando las campanas,
ya sin ritmo y huecas,
anuncien el canto inútil
de cigüeñas asustadas
y versos de duelo.

No puede ser el mundo solo esto;
una espera, un dolor,
un quejío’.

"Entre los dedos se me escapa volando una flor",
suave como la mirada de un niño,

jugaré a masticar sus pétalos
buscando ahogarme mientras florezca;

llegar al tallo envenenado
a través de un hilo de vida.

DARÍO RODRÍGUEZ ESCRIBANO

POEMAS CRUDOS

Poesía cruda para lectores crudos y valientes.

Vivir bajo lluvia

La moral es sometida al interés individual,
la esencia del individuo acude cada día
a un juicio interminable.
La sociedad es papel maché endeble,
la existencia impuesta e inevitable
con su interpretación valiente y cobarde.

El reencuentro aviva mi esperanza,
pero frenado por aranceles temerosos
agoto el tiempo y mis esfuerzos
en engendrar sueños y añoranzas.

Incomodidad en cada una de mis fibras
y manchas de reproche extendidas
por las inmutables sábanas.
Frágiles contradicciones almacenadas en el estante,
alma marginada y solitaria
sucumbida a los encantos de la reflexión existencialista,
que se acentúa con la llegada de la noche.


Sociedad de masas

Recipientes escasos de sustancia,
simples fichas en un tablero.
Movidas por dioses, esperanza,
Sueños.

El sabio permanece callado
y su ropa confeccionada con trapos.
El sabio calla y actúa sin actuar,
por eso es un marginado.
En el mundo saboreamos cierta paz,
la cual es producto de la ignorancia,
de no conocer lo que ocurre,
de mirar sucesos sin aportar palabra.

Desmesurada la ambición de algunos hombres,
que dañan sin contar con una espada.
Confinamientos y censura,
camino creado por el hombre
y otro camino indescriptible que perdura.
Posesión y poder mundano
o volver al inicio,
la naturaleza.


Decepción del gremio

Con finito odio desenvaino mi espada
y oscurezco sus semblantes.
Rechazado en este gremio
y con ira como revitalizante
me juré a mí
y por mi madre
llenar de inertes trofeos materiales
este ambicioso estante.

Clase social de fino cristal,
no quieren que nadie se adentre en su guarida.
Da miedo ser real
y parece que no quieren enfrentarse a la vida.
Recita solo en un entorno familiar
aquel poeta escaso de saliva
y se hace de rogar
cuando de hadas y camaradas no escatima.

Acusado de no ser uno más
por esta rima simple e intuitiva,
acusado una vez más
por la libertad que yace entre mis sílabas.

DEVI YERGA LARRINAGA

DESTIERRO

La constante certeza de la incertidumbre y su autora han escrito estos poemas, que pueden insuflar vida a los cadáveres de nuestros adentros.

Infierno

Tú también vienes del infierno,
y ahora te brotan unas flores.

Me sé de memoria todos sus anillos.

En el purgatorio me he encontrado a mi abuelo,
mi abuela no estaba,
algunos dicen que hay cielo.

Arrastras contigo las cadenas del pasado,
y ese tintineo ronco,
casi melancólico,
huele a azufre y a hierro.

Esas sangrantes heridas,
ahora supuran placer,
y donde antes habitaba el dolor,
se han hecho un hueco todas las batallas que perdiste.
Y te declaras vencedora,
ante la atónita mirada de aquellos que incrustaron todas esas saetas en tu espalda.

Desde las laceraciones,
ahora crecen unas alas,
y las extiendes,
y ciegas mis ojos.

Estás hecha de cicatrices,
desde puntos internos imperceptibles.
Y eres tan jodidamente hermosa…

Hipnotizas mis días con tu sabor a derrota,
aunque a mí me sabe a sueño,
y a ti a rugir de rabia.

Recuerda que yo también vengo del infierno.
He descuartizado cada uno de los grilletes que me tenían atada a sus muros.
Me he comido todos los panes.

He caído inconsciente cientos de veces,
y al recobrar la consciencia,
he tenido un sueño.

Soñaba con unos labios que comerme,
soñaba con unas uñas que desgarraban,
con unos dientes que mordían mi corazón rendido.

La resurrección no es cosa de religiones.


Iraultza

Realmente no estaba muerta,
estaba dormitando.
Estaba esperando el día,
en el que mis palabras formaran frases,
que inspiraran a los demás,
las ganas de no rendirse.

Esperaba con ansía el día,
de un nuevo amanecer,
de acercarme a la lumbre,
y que no hubiese fuego,
que fuese el sol.

Esperaba matar las rimas,
solo para recordarte,
que tu también puedes escribir unos versos que te salven.


Epifanía predecesora

Está retumbando el temblor,
y mil alaridos se le unen,
clamando los últimos fonemas del olvido.

El mismo aullido que viola el cielo,
ha desgarrado mis adentros,
y surca el cenit incansable,
buscando desesperadamente la salida.

Las mismas voces del pasado,
son hoy mi sustento,
y me recuerdan que mejor deshacernos en gemidos,
que deshacernos unos a otros.

TEATRO

MIGUEL ÁNGEL LATORRE

EL FINAL DEL P*** MUNDO

Para nuestro protagonista, el Hijo, su vida está sometida a una continua exposición, a un continuo examen que cree no aprobar nunca. Y que parece haber agotado ya su última convocatoria. Su Madre le cuestiona, lo espía; su Padre le pregunta; el Otro, los Otros, el público callan. Todos contribuyen a su aislamiento en esa jaula de cristal. En ese zoo de cristal. La realidad del Hijo no es la de sus padres, no es nuestra. Probablemente, su realidad no sea la realidad y, por lo tanto, no sea la verdad, pero es una realidad que ha llegado a su fin. Hoy. Aquí. Ahora. Todos estamos convocados a presenciar el final de su p*** mundo.

PERSONAJES:

Hijo: Hombre de mediana edad, todo lo demás no importa.

Madre: Se deja al director/a o a la actriz/actor, la construcción que se haga de este personaje, siempre planteado desde el estereotipo más absoluto.

Padre: Se deja al director/a o al actor/actriz, la construcción que se haga de este personaje, siempre planteado desde el estereotipo más absoluto.

(Ambos, Madre y Padre, solo cobran sentido, si su discurso, su corporeidad y su presencia se trabajan desde la farsa, desde la máscara o el esperpento.)


ACTO I

(Un espacio.)

HIJO:
Hay que destruirlo todo. Sí, no hay otro modo.

HIJO:
Hoy he despertado con esta idea. Ha debido estar retumbando en mi cabeza durante toda la noche, y ahora, a la luz del día, la idea sale de su madriguera. Sí, eso debe ser. Como una alimaña que espera para saltar sobre su presa cuando está más vulnerable. Cuando uno no duerme es vulnerable.

¿Cómo se destruye todo? Siendo dueño de un arma nuclear es fácil, pero yo no tengo. No tengo armas nucleares, y más allá de esos cuchillos sobre la encimera, no tengo armas.

Los virus, las bacterias, lo destruyen todo...

Los vecinos ya se han levantado. ¡Malditos! Debería empezar por eliminarlos a ellos. Sí, debería ir eliminándolos. Pero no como esos asesinos en serie de cualquier melodrama barato. Eso sería lo sencillo. Siempre he pensado que antes de matar a alguien es mejor infligirle dolor. Sí, así apreciará más la vida. Eso es cruel. Sí, no me importa. Se lo merecen. El ruido ensordecedor de todos los días les condena. No pensar en los demás les condena; no pensar en el descanso de los demás les condena; su pésimo gusto musical les condena y los recondena al infierno mismo.

Mejor la condena a la eternidad.

Sí, lo grave no es ir al cielo o al infierno, lo grave es lo eterno. ¿Cómo se puede asumir lo eterno? ¿Un tiempo que no comienza y no termina? Siempre el mismo puto día de la marmota. Sí, eso es un verdadero castigo. Si yo fuera Dios los castigaría a la eternidad. Quizás debería ser Dios. Dejar de ser un ser humano normal y corriente, que se sienta en la silla de la cocina para planear cómo destruir el mundo, y simplemente convertirme en Dios y eliminar este jodido mundo, sin reflexiones y sin miramientos.

(Entrando)

MADRE: ¿Otra vez despierto?

HIJO: Siempre me despierto, mamá. Si no me despertara es porque habría muerto. ¿O prefieres que no despierte?

MADRE: ¡No seas tonto! Con eso no se hacen bromas. Digo, tan temprano.

HIJO: Pues di eso y no lo otro.

MADRE: ¡No empieces que es muy temprano y no estoy de humor! ¿Quieres un café?

HIJO: Sí. Desde que vivo con mis padres, pienso en la destrucción del mundo.

MADRE: ¿Qué dices?

HIJO: Nada, no digo nada.

MADRE: Pero si estabas hablando.

HIJO: Hablaba, pero no decía nada.

MADRE: ¡Lo que tú digas! ¿Qué hora es?

HIJO: No lo sé.

MADRE: Ya deben ser las siete.Sí, las siete. ¿Llevas mucho rato despierto?

HIJO: No lo sé.

MADRE: ¿No has mirado la hora al levantarte?

HIJO: No.

MADRE: ¿Te hago una tostada?

HIJO: No. Solo el café.

(Silencio)

MADRE: Toma. ¿No vas a comer nada?

HIJO: No. Ya sabes que no como nada en el desayuno.

MADRE: ¿Ni una magdalena?

HIJO: No, nada.

MADRE: No sé cómo te mantienes en pie sin comer nada.

HIJO: Será el metabolismo.

MADRE: Eso debe ser. Lo mismito que tu abuelo. No se te olvide la pastilla.

HIJO: No. (Se toma la pastilla)

(Sale)

HIJO: Lo más efectivo sería un virus, joder. Sí, uno que parezca que no hace nada en un principio y cuando te descuidas estás lleno de pústulas sanguinolentas, y tras unos estertores, la eternidad. Sí, eso sería lo que llegaría, y se llevaría por delante a más individuos. Ellos mismos serían las armas. Autodestrucción.

Inventarían rápido una vacuna. Para eso, sí se darían prisa.

Si todos estamos muertos poco negocio puede haber... ¡Qué cabrones!

(Entra)

MADRE: ¿Hoy no vas a trabajar?

HIJO: No, hoy no. Hoy es San Patricio.

MADRE: Es verdad. No sé ni dónde tengo la cabeza. Voy a ponerle una vela.

¿Vendrás luego a misa?

HIJO: No, mamá, nunca voy a misa.

Yo solo quiero ser Dios, pero no ir a misa.

MADRE: Hoy como es día de fiesta, pensé que quizás te animarías... ¿Sabes dónde he puesto las velas?

HIJO: En el cajón de las velas.

MADRE: Es verdad, cada día estoy más tonta.

(Sale)

HIJO: El fuego destruye todo en segundos. Eso podría servir, si no hubiéramos destruido todos los bosques dejando millones de kilómetros cuadrados de zonas desérticas y desplumadas de árboles. ¿Se puede usar desplumado para hablar de árboles? No lo sé, pero ya me entendéis.

Imposible que un incendio se propague por todo el mundo.

Los esquimales sobrevivirían. Siempre pensé que eran seres humanos estúpidos por haber elegido vivir en el puto y literal helado culo del mundo; no eran estúpidos, eran unos visionarios, tan solo se estaban adaptando al futuro.

Yo creo que todos queremos destruir el mundo, pero no lo decimos o no tenemos tiempo para hacerlo. Nos puede la pereza.

(Desde dentro)

MADRE: ¿Te hago la cama?

HIJO: No, no hace falta.

MADRE: ¿Te vas a echar otro rato?

HIJO: No, pero ya la hago yo luego.

MADRE: Pero si a mí no me cuesta nada.

HIJO: Está bien, como quieras.

Sin piedad. Uno no puede tener piedad si decide acabar con el mundo...

MADRE: ¿Has dicho algo?

HIJO: No, nada. Hablaba solo.

(Entrando)

MADRE: Pues no lo hagas, que me vas a volver loca. Pienso que me dices a mí, y me tienes en un sin vivir. Si al menos rezaras, pues se entendería. Pero, no.

HIJO: Sí, mamá.

MADRE: No me des la razón como a los tontos.

HIJO: Está bien, no te la doy.

MADRE: ¡Otra vez! ¡Que no me des la razón!

HIJO: Pero si no te la doy.

MADRE: Sí, sí me la das. Diciéndome que no, para que te deje en paz, también me la das. No me la das diciendo sí, pero me la das diciendo no. Y eso me pone de los nervios...

HIJO: Está bien...

MADRE: ...

HIJO: Ahora en serio. Está bien, no volveré a darte la razón ni con sí, ni con no.

(Sale. Entrando el PADRE)

PADRE: ¿Qué le pasa a tu madre?

HIJO: Nada, que yo sepa.

PADRE: ¿Qué haces despierto?

HIJO: No podía dormir.

PADRE: ¿Mal de amores? ¿Una chica?

HIJO: Papá, soy gay.

PADRE: Es verdad, que se me olvida, como nunca te he visto con nadie, pues no sabía si habías cambiado de idea.

HIJO: No. Sigo con la misma idea de ser gay. Sigo afiliado...

(Entrando)

MADRE: (Al PADRE) ¿Qué haces despierto ya?

PADRE: Hacíais mucho ruido.

MADRE: ¿Nosotros? Será posible. Más ruido hacen las tragaperras del bar y de esas no te quejas.

PADRE: ¿Qué tendrá que ver...?

MADRE: Tiene que ver y mucho. Y ven a bajarme las mantas del armario.

PADRE: Voy.

(Salen)

HIJO: Vivo rodeado de tópicos. Uno piensa que no, pero sí, los tópicos continúan campando a sus anchas, como si el tiempo se hubiera detenido hace cincuenta años. En ellos se detuvo, sin duda.

Los tópicos nos salvan. Si no hubiera un tópico ejerciendo el poder, y un tópico acatándolo, todo se destruiría. La anarquía es vivir sin tópicos.

Y mi casa es una casa más. Un escenario lleno de estereotipos.

Ahí mis padres, que entran y salen de escena, soltando sus gilipolleces de personajes. Ellos preguntan una y otra vez y yo respondo. Entra ella, pregunta y yo respondo; entra él, pregunta y yo respondo. Salen. Entran. Tras la escena se retocan el maquillaje, revisan sus líneas de texto, discuten por lo que al otro se le olvidó decir, esperan, esperan, se miran y esperan a que les vuelva a tocar y salgan de nuevo a escena con sus estúpidas palabras aprendidas para seguir preguntándome, como en un acto infinito, donde jamás va a caer el telón.

Son un tópico de los años cincuenta, una madre y un padre de los cincuenta. Son vintage. Podrían ser también de los sesenta, los setenta, los ochenta... ¡Qué putada! También podrían ser un tópico de ahora. Yo soy de cristal. Yo me aflijo por todo. Yo me saturo y agobio. Yo uso el diazepam a diario. Ellos no. Ellos son tópicos antiguos, forjados, duros de cemento y no necesitan de esas mierdas para sobrevivir. Ellos son felices en sus tópicos.

Ellos deben estar muriéndose por dentro y no lo saben. ¡Qué putada, joder!

(Dentro)

MADRE: ¿Lo oyes? Ya está hablando solo. No sé si el tratamiento ese funciona... Te he dicho que el niño no está bien. Nadie habla solo y está cuerdo.

PADRE: Tú cuando rezas.

MADRE: Yo le hablo a Dios.

PADRE: ¿Y te contesta?

MADRE: ¡Idiota!

HIJO: ¡Bendito pladur! Es lo más cerca que estamos de ser libres. El pladur. Aquí la palabra no tiene obstáculo alguno y cuando la palabra sale y se dice sin barreras, ahí está la libertad.

(Entrando)

PADRE: ¿Qué te pasa, hijo?

HIJO: Nada.

PADRE: Tú madre está muy preocupada.

HIJO: No tiene por qué. Estoy bien.

PADRE: Yo también se lo he dicho, que yo te veo muy bien, mejor que nunca.

HIJO: Sí, eso es.

PADRE: Me quedo más tranquilo.

(Sale)

HIJO: (Se toma otra pastilla) Solo quiero que alguien me huela cuando yo haya muerto. Eso es lo que quiero.

Eso me preocupa.

No quiero pensar, ni imaginarme siquiera, que algún extraño, algún vecino al que odié en vida, y que igualmente me odió, avise a la policía, o a los bomberos, o la ambulancia, ¡o a quien coño se avise en esas circunstancias!, por haber olido mi cuerpo putrefacto por el patio interior, el fin de semana concreto en el que mis padres se hayan ido al pueblo.

¿Vosotros sabéis a quién hay que llamar?

Nunca te enseñan eso en la escuela. En la escuela, te enseñan montones de mierdas, pero cosas como esa no te las enseñan.

¡Al menos que alguien se dé cuenta que he muerto, joder!

Y no porque a mí me importe, sino por el puto perro, que acabará devorándome el pobre como nos coja a los dos solos en casa. Sé que me quiere de veras, y le va a quedar trauma seguro.

¿Quién se quedará con el perro?

Mis padres, seguro. ¡Qué putada les voy a hacer! Una doble putada. Una reputada... No, esa palabra no se puede usar aquí. ¡La de usos que tienen las palabras! Bueno, en definitiva, lo que quiero decir es que les hago una putada de campeonato, encasquetándoles al perro, sin quererlo, ni beberlo. Bueno, y mi muerte, supongo que eso también será una putada...

(Entrando)

MADRE: ¡Te he dicho mil veces que no me gusta que digas palabrotas!

HIJO: Pero si yo no...

MADRE: Tú, sí. Aunque hables solo, se te oyen las palabrotas, y sabes que no me gusta...

HIJO: ¿Me espiabas, mamá?

MADRE: ¿Yo? ¡Válgame el cielo! ¿Qué necesidad tengo yo de espiar a nadie? Si quieres hablar solo, habla. No seré yo quien te diga lo contrario. Luego cuando acabes en un sitio de esos, donde llevan a los locos, no te quejes...

HIJO: No me quejaré, mamá.

MADRE: Eso espero.

(Entrando)

PADRE: ¿Otra vez discutiendo?

HIJO: No discutimos, hablamos.

MADRE: Eso es, cariño.

¿O es que en esta casa no se puede hablar?

PADRE: Pues hablabais muy alto.

MADRE: Pues perdone si le molestamos. No sabía que había un control de decibelios en esta casa... Aunque de haberlo seguro que salta por los aires todas las noches con tus ronquidos. Me río yo de la contaminación acústica de las discotecas...

HIJO: No discutáis, por favor.

PADRE: No discutimos, hablamos.

MADRE: ¡Idiota!

(Se van)

HIJO: ¡La última imagen que verán de mí! Mi última imagen para el recuerdo, un hijo tirado en el suelo de una cocina con unas baldosas espantosas que no nos dio tiempo a cambiar... ¡Son jodidamente feas! Son baldosas de los años cincuenta como su espectáculo. Como este vodevil. Como el espectáculo diario, y los insultos diarios, y las discusiones diarias...

¡Las baldosas son vintage como ellos!

Quizás deberíamos cambiarlas, así al menos habrá algo bonito enmarcando mi muerte. ¡Como un cuadro feo con marco bonito! No gusta, pero alivia. Algo de belleza, por pequeña que sea, alivia.

(Entrando)

PADRE: Un millón de veces se lo he dicho a tu madre.

HIJO: ¿El qué?

PADRE: ¡Qué teníamos que cambiar las baldosas de la cocina!

HIJO: ¿Me espiabas, papá?

PADRE: ¡Que nadie te espía, coño! Hablas solo y en alto, y esta casa tampoco es que sea muy grande.

(Desde dentro)

MADRE: ¿Qué pasa por ahí?

PADRE: Nada, tu hijo que está obsesionado con el cine negro...

MADRE: ¿El qué?

PADRE: ¡Nada!

MADRE: ¡Claro, la tonta de la casa, mejor que no se entere...! Pero el día menos pensado la tonta hace una locura, y si no al tiempo.

PADRE: ¡No te pongas dramática, que no es para tanto!

(Saliendo)

HIJO: La muerte es indigna. Imaginen mi olor mezclándose con el olor a suavizante en las sábanas intensamente blancas, con el olor a coles cocidas, a leche hirviendo, a geranios, plantas... todo en una amalgama en el que el olor de mi cuerpo lo transformaría todo, convirtiendo lo hogareño en vomitivo.

Así se darían cuenta mis vecinos de que alguien había muerto, cuando el olor de costumbre se transformase...

(Dentro)

PADRE: ¡Le habrá dado algo!

MADRE: ¿Tú crees?

HIJO: ...cuando la cotidianidad de olores se viera acuchillada por el olor nauseabundo de un cuerpo que se descompone...

PADRE: La vida que llevaba, ya se sabe...

HIJO: ...años de comida basura, de alcohol en vena...

MADRE: Las malas compañías, que nunca le hicieron bien... Pues habrá que ir al entierro, ¿no?

HIJO: ...de medicamentos, de drogas...

PADRE:No sé. Yo con esa familia ni fu ni fa...

HIJO: ...de un sedentarismo abrumador, haría de mis efluvios algo no medible...

MADRE: Vecinos de toda la vida de mis padres.

PADRE: ¡Pobres padres!

MADRE: ¡Dios lo tenga en su gloria!

HIJO: (Se toma otra pastilla) ¿Se podrá medir el olor?

Veis, hago miles de preguntas absurdas. Eso resume un poco mi vida. Lo absurdo resume mi vida. Si no, miradme aquí, encima de un escenario haciendo cábalas de cómo será mi muerte... Podría haberlo escrito en una novela, pero la literatura es blanda, yo soy algo más bizarro, más egocéntrico, quizás. Necesito más carne; más desgarro... No sé. Ponedle vosotros el nombre que queráis, joder, haced vosotros algo, no solo estar ahí sentados oyendo decir gilipolleces.

El caso, es que aquí estoy, hablando de mis movidas.

(Entrando)

PADRE: Tú madre y yo vamos a misa de ocho, a desayunar, y después de entierro. ¿Te vienes?

HIJO: No, prefiero quedarme en casa.

PADRE: Te vas a quedar mustio. Sal, que te dé un poco el aire.

HIJO: No soy una planta, papá.

PADRE: Pues pálido, o como se diga. El caso es que tienes que salir a que te dé el aire...

(Entrando)

MADRE: Y sol, mucho sol, para la vitamina D o la C. Ahora no sé cuál es. ¿Cuál es la de las naranjas?

PADRE: La C.

MADRE: Pues esa. Un poco de sol y vitamina C, para recargar pilas. Y después te vienes con nosotros al entierro de Jacinto. ¿Te acuerdas de él?

HIJO: No.

PADRE: ¿Cómo no te vas a acordar si jugabais de pequeños?

MADRE: Tengo una foto por aquí, de cuando teníais unos cuatro años. ¿Dónde está el álbum?

PADRE: En ese cajón.

HIJO: No recuerdo.

PADRE: ¡Que sí hombre! Que vivía unas tres casas por debajo de la casa de la tía María.

HIJO: ¿Aquí?

MADRE: Aquí no. ¿Desde cuándo ha tenido la tía María casa aquí? En el pueblo, la casa de la tía María del pueblo.

HIJO: No sé.

MADRE: Si yo creo que éramos hasta parientes por parte de su abuelo.

PADRE: Pues sí, puede ser. De su abuelo Anselmo...

MADRE: ¡No! De su abuelo paterno, no materno.

PADRE: ¿De Pascasio?

MADRE: Sí. Pues creo que se casó con una prima hermana de mi madre. Mira aquí está...

Qué tiempos!

PADRE: ¿A ver? La de años que han pasado... Mira hijo.

MADRE: Este de aquí, el tercero por la derecha es Jacinto.

HIJO: ¿Y yo?

PADRE: Tú, pues este.

MADRE: Cómo tiene la cabeza, que ni se reconoce. Si llevabas tu jersey favorito, no se lo quitaba ni a la de tres... ¿Te acuerdas?

PADRE: ¡Qué tiempos!

HIJO: Yo no soy ese.

PADRE: ¿Cómo no vas a ser ese? No digas tonterías.

MADRE: Si no has cambiado nada. La misma cara tienes...

HIJO: Es Andrés.

MADRE: ¿Tu hermano?

PADRE: ¿A ver?

HIJO: Sí, mi hermano. Vuestro otro hijo...

MADRE: Pero si este jersey...

HIJO: Lo heredé.

PADRE: ¿Seguro?

HIJO: Seguro ¿de qué? ¿Del jersey o de que no soy yo?

MADRE: Pues yo juraría...

HIJO: No es mi jersey, no son mis ojos, ni mi pelo, ni mi cara...

PADRE: La verdad es que se ve algo borrosa.

MADRE: Bueno, da igual. ¿Vienes o no vienes al entierro?

HIJO: No, no suelo ir a entierros de desconocidos.

PADRE: ¡Como quieras! Pero de todos modos deberías salir a tomar el aire...

MADRE: ¡Eso es!

(Saliendo)

MADRE: ¡Pues yo sigo creyendo que es él!

PADRE: ¿Esta morenita no es la de la Julia?

MADRE: Sí, sí. Dicen que está en Texas o China, ahora no sé. Un portento de muchacha. ¡Qué buena pareja hubieran hecho!

PADRE: Un buen partido, sin duda...

(Saliendo)

HIJO: Sí, sin duda, todo se transformaría con mi muerte.

¿Quién revolverá en mis cajones cuando yo ya haya muerto?

¿Quién se encargará de tirar a la basura, antes de que lleguen mis padres del pueblo, las revistas porno, los juguetes sexuales, las drogas y los condones? ¡No quiero traumatizarles, joder! ¡Bastante tienen con mi muerte y el perro! No hace falta que carguen también con la verdad.

¿La portera? ¿El vecino del quinto? Ellos no sabrían que hacer, ¿por qué iban a saberlo? No sabían ni mi nombre. ¿Cómo van a saber qué hacer con los consoladores negros?

¿O qué coño van a hacer con la lencería de mujer que guardo en una pequeña caja escondida en la repisa superior del armario empotrado?

Esa lencería que me pongo a veces para alguno de los hombres con los que quedo...

Si muero solo, sin nadie, quién tirará todo eso, antes de que mis padres -sé que moriré antes que ellos-, mis hermanos, mis sobrinos, lleguen a casa para levantar mi cadáver -rodeado, para más inri, de policías, jueces, y quien quiera que acuda a esos sitios, joder, cuando alguien muere solo en su casa-.

(Entrando)

PADRE: ¡Yo no he dicho eso!

MADRE: Sí, sí lo has dicho. Ahora no vas a hacerme pasar por tonta.

PADRE: ¡Por tonta, no! Pero escuchas lo que te da la gana...

MADRE: Escucho tan solo lo que has dicho. Palabra por palabra.

HIJO: ¿Por qué gritarán ahora?

MADRE: No gritamos, hablamos, y deja ya de mirar a la pared...

HIJO: La cuarta pared.

PADRE: ¡Como si es la quinta! Deja de mirar a la puta pared y de hablar como si no pudiéramos escucharte.

MADRE: Es insufrible. Es como si todo el día estuviéramos con un murmullo metido en la cabeza. Mira que intentamos que no se oiga el maldito murmullo, pero ahí está, como un pitido de esos de paro cardíaco... ¡Prefiero la música insoportable de los vecinos a esta tortura china, día sí y día también!

HIJO: ¿No discutíais entre vosotros? ¿Qué pinto yo ahora?

MADRE: Pintas y mucho.

PADRE: Tu madre tiene, razón. ¿Cómo no vas a pintar? Si vives aquí, comes aquí, respiras aquí y meas y cagas aquí...

MADRE: Eso es. Y a ver si de una vez por todas te da por subir y bajas la taza del wáter, que siempre me mojo el culo cuando meo.

HIJO: No entiendo nada.

MADRE: ¿Y ahora a quién coño le hablas?

HIJO: A los dos.

PADRE: Es que no hay nada que entender, como si subir y bajar la tapa fuera un asunto filosófico... es solo subir y bajar la tapa, sin reflexión, sin comeduras de cabeza. Solo un movimiento sencillo, de arriba abajo, no es "ser o no ser"..

MADRE: Es "hacer o no hacer".

PADRE: Eso exactamente. Hacerlo o no hacerlo. Sencillo. Simple. Conciso.

HIJO: Está bien. Lo siento. Estaré más atento.

MADRE: Gracias. Y tú no te creas que me he olvidado de lo que me has dicho...

PADRE: ¡Que yo no he dicho eso!

MADRE: Claro que lo has dicho. Pero vamos que, si crees que me va a afectar, lo llevas claro... Tengo yo bastante anchas las espaldas para que no me afecten las cosas...

(Saliendo)

PADRE: ¡Como tú digas!

(Saliendo)

HIJO:¡No soy transexual, no es eso, joder! Que le ponéis etiqueta a todo. Y no porque me importe ser o no ser transexual, es solo que, todo es mucho más sencillo, y nosotros lo volvemos complejo, con tanta puta etiqueta.

< Sí, digo muchas palabrotas, lo sé. Iré al infierno. Ya está resuelto. Lo asumo.

(Entra)

PADRE: ¡Aquí está! Ya no sé ni dónde dejo las cosas.

(Sale)

HIJO: (Se toma otra pastilla) Recuerdo haberme masturbado vestido con el traje de novia de mi madre. Era sentirme expuesto y vulnerable lo que hacía que se acelerase el corazón y la piel se pusiera en alerta, como si pudiera sentir cada músculo, cada tendón, cada átomo de mi cuerpo en armonía... ¡Todo el mundo, alguna vez en su vida, debería sentir el placer que da sentirse vulnerable!

¡Sí, eso es! ¡El placer de la vulnerabilidad! Cuando uno se abandona a eso, descubre el placer primario. Dejar de tener las cosas atadas, medidas; olvidar compromisos y olvidar rutinas, olvidar que tienes que volver a trabajar en aquel cubículo pequeño donde te dedicas a recopilar datos, y más datos, miles de datos, una montaña de mierda de datos...

¡Por eso me gusta sentirme vulnerable!

¡Por eso me visto de mujer para otros hombres!

¡Para olvidarme de los datos me pongo medias de encaje negro! Solo uso negro, nada de colores, que no soy un excéntrico. Uso medias de encaje negro para olvidarme de los datos...

(Entrando)

PADRE: ¿Te ha dicho algo tu madre?

HIJO: ¿De qué?

PADRE: No sé, de algo...

HIJO: Sí, me dice muchas cosas sobre cosas...

PADRE: Digo, de eso...

HIJO: De eso, ¿qué?

PADRE: ¡No seas tonto! De lo que hablamos de tu hermano... que le ibas a preguntar, a ver si ella estaba de acuerdo...

(Entrando)

MADRE: ¿Otra vez como dos viejos cuchicheando?

PADRE: No cuchicheamos. El niño me decía que le gustaba una chica...

HIJO: ¡Papá!

MADRE: ¡Mentira gorda! Sí el niño es maricón...

HIJO: ¡Mamá!

MADRE: ¡Perdón! Gay. La de tonterías que tenéis en la cabeza... Mariquita hemos dicho siempre, no sé a qué viene eso de dejar de llamar a las cosas por su nombre. Como lo del selfie ese... un retrato de toda la vida de Dios.

HIJO: Exactamente lo mismo, mamá...

MADRE: Pues eso. Y ahora seguid con vuestra conversación de porterillos, que ya ves tú lo que a mí me puede importar...

(Saliendo)

PADRE: ¿Entonces?

HIJO: ¿Entonces, qué?

PADRE: Que si le dejamos el dinero a tu hermano. Ya sabes que lo necesita para el coche nuevo, y tú aquí no necesitas nada. No te falta de nada, comida y techo tienes, ¿no?

HIJO: No, papá. Yo no necesito nada.

PADRE: Pues por eso. Él siempre ha tenido el capricho de ese coche...

HIJO: Claro.

PADRE: Ya más adelante, cuando lo necesites tú, ya vemos como hacerlo. O te quedas con el mío, que sí que está algo viejo...

HIJO: Como el jersey.

PADRE: ¿Qué jersey?

HIJO: El de la foto. El jersey amarillo que siempre llevaba cuando era niño, pero que nunca fue mío...

PADRE: Eso es lo de menos.

Más de uno daría lo que fuera por tener mi coche, aunque sea viejo. Cuando lo tengas ya me darás las gracias... Además, tú te mueves poco, no sales de aquí nunca.

HIJO: Sí, yo me muevo poco.

PADRE: Por eso. Y ya sabes cómo es tu madre para el dinero. Siempre contando hasta el último céntimo...

HIJO: Para una lápida bonita...

PADRE: ¿Cómo?

HIJO: Qué contará los céntimos para una lápida bonita, para otra cosa no sirve guardar el dinero.

PADRE: ¡No seas bruto! Hay que ser precavido por lo que pueda pasar. Además, el seguro ya está bien pagado, así si nos morimos no os costará un riñón el entierro.

HIJO: ¿Y si me muero yo? ¿O Andrés?

PADRE: ¡Qué tonterías dices! Eso no va a pasar...

HIJO: ¿Y si pasa?

PADRE: Pues si pasa ya se verá, pero ahora, el tema es el coche de tu hermano. ¿Se lo dices tú a tu madre?

(Entrando)

MADRE: Decirme ¿el qué?

PADRE: Nada.

MADRE: ¿Cómo que nada? ¿Otra vez chismorreando a mis espaldas?

PADRE: No. No es eso... Es... Dile tú.

HIJO: Andrés quiere que le compréis un coche.

MADRE: ¿Cómo?

PADRE: ¡Que no!

MADRE: ¿Entonces qué es?

PADRE: Es eso, un coche... Pero no es el modo decir las cosas, así de golpe. Tu hijo no tiene medida.

HIJO: ¿No querías que se lo dijese?

PADRE: Sí, pero no así...

HIJO: ¿Cómo?

PADRE: Da igual. Contigo es imposible hablar...

MADRE: ¿Y?

PADRE: Andrés quiere comprarse un coche, y nos ha pedido que le ayudemos...

MADRE: Y ¿de dónde sacamos nosotros el dinero? No, de eso nada... ¡Será posible!

(Saliendo)

PADRE: No te vayas así, que no es para tanto. Además, tenemos los ahorros de la venta de los olivares...

(Saliendo)

HIJO: (Se toma otra pastilla) Continúo. Iba por lo de masturbarme con el vestido de novia de mi madre. Mi freudiano todo.

El semen sobre el blanco impoluto, sobre las blancas flores de plástico impolutas del vestido de novia de mi madre. Falsas performances infantiles, que solo adquieren un sentido, cuando se mira al pasado, desde los traumas del presente. Pero nos acomoda, nos calma, nos hacen vernos como víctimas y no como meros artífices de los hechos...

¡Ser víctima siempre funciona, joder!

(Entrando)

MADRE: Y tú, ¿estás conforme con eso?

HIJO: ¿Con qué?

MADRE: ¡Con lo del coche de tu hermano!

HIJO: Me da igual...

MADRE: ¿Cómo te va a dar igual? Si le damos el dinero, te tendremos que dar a ti, y no hay, no hay para los dos, no hay...

HIJO: Yo no necesito nada.

(Dentro)

PADRE: ¿Dónde está mi corbata nueva?

MADRE: En el cajón de la mesilla... ¡Espera, ya voy!

(Saliendo)

HIJO: No me importa que encuentren mi lencería negra.

Me parecería más vergonzoso que alguien descubriera los poemas de amor que había escrito. Esos poemas absurdos de dolor impostado y pedante...

(Entrando)

MADRE: ¿Entonces, sí?

HIJO: Sí, ¿qué?

MADRE: El dinero para tu hermano...

(Entrando)

PADRE: Sí al final un coche es una inversión.

MADRE: No sé yo...

PADRE: Así nos puede llevar donde queramos, el mío viejo está para pocos trotes ya...

MADRE: Eso es verdad.

PADRE: Lo pensamos por el camino, que llegamos tarde.

MADRE: ¡Qué hora! No llegamos a tiempo... Cojo las velas y nos vamos.

PADRE: ¡Listo!

(Saliendo)

HIJO: (Se toma otra pastilla) Eso sí sería vergonzante.

Y seguro que ellos, aquellos que me descubrieran, en esa absurdez, que a veces manejan los vivos, acabarían publicando y aireando esos absurdos poemas, que debí haber destruido hace años, y que no sé por qué extraña razón, aún conservaba. Seguro que los publican y hasta cobran los derechos de autor de la SGAE. Se forrarán a mi costa, con esos poemas de mierda...

El estampado de semen sobre el traje de novia de mi madre es mucho más artistico y real que los malditos poemas...

Sí, sin duda. Prefiero que descubran la lencería.

(Entrando)

PADRE: ¿Nos llevamos al perro?

MADRE: Pero ¿cómo te lo vas a llevar si no puede entrar en misa?

PADRE: Me quedo yo con él fuera.

MADRE: ¡Sí, claro, y te libras del responso!

HIJO: No importa, déjalo. Aún es temprano, está dormido.

MADRE: ¡Lo que duerme ese animal!

PADRE: Y lo que come y lo que ronca...

MADRE: ¡Lo tenías que haber llevado a una perrera de esas! Solo gastos dan...

HIJO: Y compañía...

MADRE: ¿Qué?

HIJO: También da compañía...

PADRE: No sé yo si eso compensa.

MADRE: Ya te digo yo que no.

PADRE: Sácalo tú un rato.

MADRE: Eso, así te da el aire a ti también... ¿He cogido el monedero?

PADRE: No sé.

MADRE: Cada día estoy peor...

(Saliendo)

PADRE: Saco la basura.

(Saliendo)

(Desde dentro)

MADRE: Ahora no se puede bajar, que no es hora.

PADRE: Eso da igual, si no nos ve nadie...

MADRE: ¡Qué cabezón eres!

PADRE: Además, no huele.

MADRE: Haz lo que quieras, que contigo es imposible...

(Puerta de la calle)

(Silencio)

HIJO: (Se toma otra pastilla) A los que morimos solos nos dejan expuestos.

Y si mueres solo en casa, tirado en el suelo sucio de la cocina, el mundo asume que te da igual tu intimidad porque, si no, hubieras muerto en otro lado más limpio y aséptico, y con unas bonitas baldosas.

¡Te lo merecías! Dirá alguno, seguro. ¡Qué cabrón!

Nadie quiere morir así, uno espera algo más de... ¿cómo lo diría? Algo más de dignidad. Sí, supongo, que esa es la palabra exacta. Dignidad.

Joder, espero que encuentren la lencería y no los poemas...

¡Qué paradoja!

Con la de veces que la he perdido, la dignidad, yo...

Yo...

...no sé sí...

Con la de veces que...

...yo...

¡Dios!

Con la de veces... no sé si...

(Cae. Silencio largo.)

EPÍLOGO

(A elección del director/a se incluye o no el montaje o cae el telón sin más)

(Murmullo de los actores dentro.)

(La obra ya deja de ser ficción y comienza a ser verdad.)

(El ACTOR-HIJO ha ido consumiendo de verdad las pastillas que ha ido tomando, a la vista del público, a lo largo de la obra.)

(Aquí el texto de los ACTORES no existe. Solo existe lo que pudieran sentir en una situación similar, y las palabras que puedan nacerles.)

(Se encienden las luces del patio de butacas.)

(Equipo se pone en alerta.)

(Todo un movimiento alrededor del público. Llamadas. Sonidos. Se debe conseguir, al menos por unos minutos, que el público crea, que el hecho escénico ha invadido la realidad.)

Oscuro