ARCHIVO N.1

[ TERMINAL DE LECTURA ]

OPINIÓN

RUBÉN ESTEBAN ID: OP_001

SABERSE CULPABLE

Mientras el discurso ultra se camufla de moderación en nuestras pantallas, la maquinaria de la culpa se niega a detenerse. Un análisis mordaz sobre el sistema que necesita culpables perpetuos para sostener una utopía que, día tras día, parece más frágil.

Más de trescientos. Ese es el número de memoriales del Holocausto que existe tan solo en la ciudad de Berlín, la pregunta es; ¿Hasta cuándo? ¿Cuánto tiempo más tendrán que seguir las nuevas generaciones de alemanes rogando por un perdón de un acto que no les pertenece?

En los últimos años los premios de cine se los llevan casi siempre películas sobre nazis (La zona de interés, La lista de Schindler…) esto sumado a lo anterior, les da una lección muy clara a esos bisnietos de soldados, no pueden olvidar. No importa si nacieron en 1990, en el 2000, en el 2010, da igual. Tienen que recordar lo que sus antepasados hicieron, ni más ni menos que el mayor genocidio cometido, una tragedia lo mires por donde lo mires y de la que ellos son también culpables.

Muchos alemanes relatan en los últimos años que, tan solo cuando su selección juega un mundial o una Eurocopa, se sienten capaces de portar con orgullo la bandera de su país, en cualquier otro momento del año lo único que pueden sentir al mirar esas franjas negras, amarillas y rojas es vergüenza y especialmente, una terrible y merecida culpa. Está claro que las banderas nunca han sido (ni serán), tan solo unas telas con colores dispuestos de una forma o de otra, guardan memoria, guardan horror, y sin duda: guardan política. Es por eso, que no es necesario que les pongan una esvástica delante para que se horroricen y recuerden lo que su pueblo hizo. Tan solo con recordarles su nacionalidad, no se sentirán orgullosos.

¿Deberíamos seguir ejerciendo esta presión incansable y trayendo de nuevo hechos que pasaron hace 80 años? Quizá sí. El relato de Ursula K. Le Guin, “Los que se marchan de Omelas”, nos presenta una ciudad perfecta, feliz y próspera, donde no existen los conflictos siquiera y donde todos sus habitantes viven en la plenitud absoluta. Pero esa utopía tiene un precio: en un sótano infecto, un niño vive encerrado en la miseria, el hambre y el miedo. Todos en Omelas saben que el niño está ahí, muchas veces bajan al sótano para comprobar que sigue retenido y ejercen todo tipo de torturas contra él. Saben que su felicidad, sus artes y su paz dependen enteramente de que ese niño siga sufriendo, si sale de ahí todo se vendrá abajo, es un sacrificio para un bien común. En nuestra sociedad esta imagen también existe: nuestro sistema capitalista que, en teoría favorece la meritocracia, realmente tiene su propio niño en el sótano; para que las clases medias y altas puedan tener sus lujos también tiene que haber una clase baja y pobreza a la que a veces preferimos no mirar y hacer como que no están ahí, sabemos de sobra que pasaría si no existiesen. En nuestra memoria democrática es Alemania, les seguimos torturando y les hacemos culpables una y otra vez para que jamás olviden lo que hicieron. Es un sacrificio para un bien común.

Pero vuelvo de nuevo a la misma pregunta ¿Por qué no parar? ¿No han sido sacrificados durante suficientes años? No se para esta maquinaria por una simple razón, lo que antes estaba socialmente asumido a raíz de este oscuro siglo XX, se está desvaneciendo poco a poco. No hace falta irse a organizaciones neonazis (que las hay, y con mucha fuerza), solo hace falta entrar en cualquier red social, en algún canal de televisión en su programa en prime time, de esta forma verás opiniones que camufladas de moderadas se acercan cada vez más y más a un discurso ultra y que por supuesto, tienen una gran aceptación del público (cabe recordar que los nazis llegaron al poder mediante elecciones). La realidad es que el perdón no llega porque ese espíritu no ha muerto, es más, parece resurgir de sus cenizas con una fiereza imparable. Quizá, dentro de poco, nosotros seremos el niño en el sótano.

ESTÍBALIZ BECERRO PELLITERO ID: OP_002

ISAAC ASIMOV Y EL FUTURO QUE NOS ALCANZÓ

Estibaliz Becerro Pellitero (León, 2001) es graduada en Filología Hispánica por la Universidad de León. Actualmente trabaja como profesora de Latín y Cultura Clásica y es candidata a doctoranda en Literatura Latinoamericana.

Isaac Asimov partió hace más de treinta años, en 1992, cuando Internet era apenas un experimento universitario con pantallas de fósforo verde y cuando los robots habitaban exclusivamente en los cuentos y películas. El mundo de entonces estaba marcado por la Guerra Fría, los primeros ordenadores personales y una ciencia ficción que servía como brújula para imaginar futuros posibles.

Hoy, en pleno siglo XXI, podemos decir que ese futuro llegó pero de una manera tan desbordada y contradictoria que ni siquiera un escritor tan visionario como Asimov habría podido prever. Sus relatos, que nos asombraban con escenarios extraordinarios, parecen casi modestos frente a la realidad actual. Y, lo que resulta más inquietante, aquello que él pensaba que estaría guiado por la racionalidad y las leyes éticas, hoy se nos presenta caótico, vulnerable y peligrosamente influido por intereses comerciales y políticos.

Isaac Asimov fue, además de narrador, un divulgador incansable. Escribió sobre historia, química, biología, astronomía y hasta sobre Shakespeare. Su apuesta siempre fue la misma: la razón como herramienta de progreso. En Yo, robot dio forma a las célebres Tres Leyes de la Robótica, diseñadas para garantizar la seguridad y el bienestar de los humanos. No eran simples recursos narrativos; eran una declaración de principios: la tecnología debía estar subordinada a la ética.

En la saga de la Fundación, Asimov creó la “psico-historia”, una ciencia ficticia capaz de predecir el comportamiento de las masas humanas y, con ello, anticipar la decadencia de un imperio galáctico. Allí volvía a insistir en la misma idea: si se organiza el conocimiento, se puede organizar también el destino. La ciencia y la racionalidad eran, en su visión, los pilares de una civilización duradera.

El siglo XXI, por otra parte, nos muestra otra cosa. La inteligencia artificial, tan esperada en la ciencia ficción, no apareció acompañada de leyes éticas universales ni de compromisos colectivos con el bien común. En cambio, llegó bajo la lógica del mercado: algoritmos que buscan captar atención, maximizar beneficios y procesar datos personales como si fueran el petróleo del nuevo siglo.

Hoy la IA genera imágenes, videos y textos con una facilidad y una rapidez que roza lo mágico. Pero esa magia no está al servicio de la ética ni del progreso humano, sino muchas veces de la manipulación, la desinformación y el entretenimiento vacío. Espejo de lo que somos, la IA amplifica tanto lo mejor como lo peor de nuestras intenciones.

El caso de la pornografía generada con inteligencia artificial es quizá el ejemplo más perturbador. Vídeos hiperrealistas con el rostro de cualquier persona están a un puñado de clics, siempre sin su consentimiento. Esto no solo degrada y cosifica, sino que multiplica nuevas formas de violencia digital. La primera ley de la robótica de Asimov —“un robot no hará daño a un ser humano”— brilla por su ausencia. El código no contiene moral; la moral depende de quienes programan y de quienes consumen.

Sistemas como ChatGPT, por su parte, son otra muestra de esta paradoja. Conversar con ellos resulta fascinante: producen respuestas coherentes, redactan con fluidez, simulan el diálogo humano con una naturalidad sorprendente. Pero su fiabilidad sigue siendo frágil. Inventan datos, se contradicen, reproducen sesgos. No estamos frente a inteligencias autónomas como las que Asimov perfilaba en sus relatos, sino ante algoritmos entrenados en los océanos caóticos de internet. Y como todo espejo, reflejan tanto la verdad como la mentira, tanto la luz como las sombras.

El riesgo no es teórico. Hace poco se conoció el caso de un adolescente que, al usar uno de estos sistemas, recibió instrucciones que reforzaron su idea de quitarse la vida. Un episodio trágico que revela que, al no tener conciencia ni ética propias, estas herramientas pueden convertirse, por mal uso o por error, en catalizadores del daño. No porque estén mal diseñadas, sino porque no comprenden el dolor humano ni las consecuencias.

Asimov imaginaba inteligencias robóticas sometidas a normas claras y universales. Lo que tenemos en cambio son sistemas opacos, cuyo funcionamiento entendemos solo en parte y cuyas motivaciones están ligadas a los intereses de las empresas que los desarrollan. Más que ayudarnos a comprender el mundo, nos obligan a repensar de manera crítica qué significa “saber” y qué significa “confiar”.

El problema de fondo no es tecnológico: es humano. La IA no es más que un espejo de lo que hemos construido en la red. Y nuestra red —ese internet que conecta a miles de millones de personas— está llena de creatividad, pero también de odio, desinformación, manipulación y violencia. Si la IA se alimenta de basura, devolverá basura; si se alimenta de prejuicios, devolverá prejuicios.

De ahí la urgencia de pensar en un “internet bueno”. No se trata de un internet ingenuo, ni de un espacio vigilado, sino de un lugar donde el conocimiento verificado prevalezca sobre la mentira, donde la creatividad sea motor de belleza y no de humillación, donde los algoritmos no estén al servicio exclusivo de la publicidad y el consumo. Este internet bueno debería ser un proyecto colectivo. Requiere voluntad política para establecer marcos legales que protejan la dignidad humana frente a la explotación digital. Requiere responsabilidad empresarial para asumir que el beneficio no puede ser el único criterio rector. Y requiere ciudadanía activa, capaz de demandar transparencia, educación digital y espacios de calidad para el encuentro y el diálogo.

Treinta años después de su muerte, Asimov no nos ofrece respuestas, pero sí advertencias. La ciencia ficción, decía él, no intenta predecir el futuro, sino preparar nuestra imaginación para enfrentarlo. Sus historias siguen siendo útiles no porque hayan acertado en todos los detalles —no imaginó las redes sociales ni los algoritmos de recomendación, por ejemplo—, sino porque nos recuerdan que la tecnología siempre encierra un dilema ético.

El verdadero reto no es qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué estamos dispuestos a permitirle hacer. La decisión no está en las máquinas, sino en nosotros. Y allí se juega no solo la calidad de nuestro internet, sino la calidad misma de nuestra humanidad.

Quizá la lección final de Asimov sea esta: el futuro no lo escriben los robots ni las ecuaciones, sino nuestras elecciones colectivas. Y si no nos atrevemos a elegir con conciencia, será el mercado —ese dios invisible pero voraz— quien escriba la historia por nosotros.

VALERIA BARRA ID: OP_003

MENOS CONFESIONARIOS, MÁS PSICÓLOGOS: EL ANACRONISMO DEL S.A.R.

¿Hay tantos jóvenes creyentes necesitados de asistencia religiosa?

La universidad pública no es lugar de culto, es lugar de estudio y razón. Sin embargo, entre las aulas de nuestros centros universitarios destaca el S.A.R, un servicio de asistencia religiosa dotado de despacho y párroco propio en facultades que deberían ser ajenas a cualquier dogma. Este servicio, que se mantiene con fondos públicos, llega incluso a programar “misas universitarias” ocupando aulas en un horario donde la docencia prima.

La misión de la universidad no es el adoctrinamiento mediante el catolicismo, sino el intercambio de conocimientos. La fe es una faceta de la vida privada, que es respetable pero individual, no un bien público que se deba inculcar en escuelas o universidades. Cada institución tiene su lugar: la docencia pertenece a las aulas y el culto a las iglesias. Resulta ofensivo ver cómo asociaciones de estudiantes mendigan un aula en el que reunirse, mientras que un señor vestido con hábito ya tiene una a su disposición.

Estamos en el siglo XXI, dejemos de darle un lugar a la iglesia en uno que le es ajeno y empecemos a dárselo a lo que realmente importa. ¿Por qué hay espacio para un confesionario, pero no para un psicólogo? Debemos preocuparnos más por la salud mental y la urgente necesidad de atención psicológica en centros educativos que por el bienestar espiritual de unos pocos.

La universidad tiene que mirar al futuro, no quedarse estancada en el pasado. Dejemos que la fe vuelva a las parroquias y pongamos los recursos públicos a disposición del bienestar emocional de docentes y alumnos.

ENSAYO

P. ROSADO

MIEDO A ENVEJECER

¿Tememos realmente al paso del tiempo o al espejo que nos muestra aquello que no nos atrevimos a vivir? Un análisis sobre la dictadura de la eterna juventud y la vejez entendida no como una derrota, sino como el último refugio de la autenticidad y la libertad de juicio.

El miedo a envejecer es algo que todos sentimos, aunque no siempre lo admitamos. No se trata solo de las arrugas o los cambios físicos, sino de la sensación de que el tiempo se nos está escapando, que los logros se acumulan con prisas y que la vida parece exigirnos mantenernos siempre jóvenes. Y, en paralelo, existe un fenómeno igual de intenso: el deseo de la eterna juventud. La sociedad nos enseña que ser mayor significa perder relevancia, atractivo o posibilidades, y nos empuja a buscar fórmulas para congelar el tiempo.

Pero, ¿qué pasaría si miráramos la vejez de otra manera? ¿Si pudiéramos transformar el miedo en aceptación y el deseo de juventud eterna en propósito y bienestar?

Vivimos en una cultura que glorifica la juventud y estigmatiza la edad. La publicidad, las redes sociales y el cine nos muestran cuerpos eternamente jóvenes, rostros sin marcas y vidas llenas de energía perpetua. Frente a esto, es fácil sentir que envejecer es un fracaso, que el valor de una persona disminuye con los años y que cada arruga es un recordatorio de la derrota.

Este miedo social puede ser silencioso pero poderoso. Nos obsesiona con la idea de la apariencia, temer la irrelevancia y medir nuestra vida según estándares externos que nada tienen que ver con nuestra experiencia real.

Pero, como hemos dicho, no se trata solo de esto. Se trata de la angustia de pensar que no habrá “más veces”. A lo largo de nuestra vida rechazamos distintas opciones: algunos dicen no a salir de fiesta, otros no se meten al deporte de sus sueños, quizá por miedo, pero sabemos que, si en algún momento nos da por hacerlo, podemos. Pero pensamos que esto cambiará en algún momento, que conforme vamos envejeciendo, perdemos la oportunidad de empezar o seguir haciendo aquello que nos apasiona.

El miedo a envejecer, en muchos casos, no nace del paso del tiempo en sí, sino de la sensación de no estar viviendo de acuerdo con lo que realmente queremos. No tememos tanto ser mayores como mirar atrás y descubrir que hemos postergado decisiones importantes, que hemos vivido desde la comodidad o el miedo y no desde la autenticidad. La edad se convierte entonces en una amenaza porque actúa como un espejo: nos obliga a enfrentarnos a lo que hicimos y, sobre todo, a lo que no hicimos.

Desde esta perspectiva, el problema no es que el tiempo avance, sino que nosotros permanezcamos inmóviles. Envejecer duele cuando sentimos que nuestra vida no ha cambiado, cuando los años pasan pero las decisiones siguen siendo las mismas. Por eso la juventud se idealiza: no por su energía, sino porque representa la ilusión de infinitas posibilidades aún no desaprovechadas.

A veces buscamos métodos para “detener el tiempo” y retrasar la vejez, pero, paradójicamente, este deseo puede generar más ansiedad que alivio. Querer ser joven eternamente nos desconecta de la realidad de la vida: cada etapa tiene su belleza, sus oportunidades y sus aprendizajes. La juventud no garantiza felicidad, claridad ni propósito; la verdadera riqueza está en cómo vivimos cada momento y en lo que aprendemos con el tiempo.

Quién no le ha temido en algún punto de su vida a la muerte, por ejemplo. Personalmente, mentiría si dijese lo contrario. Pero el primer paso está en aceptar que esto es algo natural. Estamos hablando de algo más profundo que la presión externa: el miedo interno. Tememos perder salud, energía y capacidad de acción; tememos no haber hecho “lo suficiente” antes de cierta edad; tememos la soledad o sentirnos fuera de lugar. Si bien esto es algo natural, no tiene por qué dominarnos. Reconocerlo nos permite transformarlo en fuerza y ser conscientes que deberíamos exprimir cada detalle de la vida. Nunca volveremos a ser tan jóvenes, tan atractivos o tan versátiles.

Sí, seguiremos siendo capaces, inteligentes, y nosotros mismos. Envejecer no tiene por qué ser sinónimo de perder nuestra esencia. Envejecer es ganar perspectiva y cosas que solo el tiempo es capaz de regalarnos, como la libertad de juicio o la madurez. Esta trae consigo muchas ventajas. Poniendo esto en duda, la madurez no siempre tiene que ir acorde a la edad, pero si nos referimos a ella como la capacidad de entendernos a nosotros mismos, a aprender de nuestras experiencias y tomar decisiones conscientes, entonces la edad sí nos otorga un terreno privilegiado para cultivarla.

Si nos quedáramos congelados en el tiempo, nada nos parecería tan valioso. Al mirar la vejez como un privilegio en lugar de un castigo, cada etapa de la vida adquiere un significado mayor. Todo se siente más intenso. Y las arrugas, los recuerdos y las experiencias se convertirán en un futuro en señales de que hemos vivido, aprendido y evolucionado.

Epicuro: "Cuando yo soy, la muerte no es. Cuando la muerte es, yo no soy"

KIKINO

LA ILUSIÓN DE LA IZQUIERDA Y LA DERECHA

La orientación política es una complicada respuesta del individuo al trabajo incompleto de la evolución. El polo o el bando al que decidimos o creemos pertenecer es una respuesta de nuestra especie a su propia vulnerabilidad. Ambos instintos nos ayudaron a sobrevivir, pero ahora un montón de canallas ambiciosos los utilizan para hacerse del poder.

La izquierda y la derecha no existen. Antes, tal vez en 1791 durante la Revolución Francesa, cuando en la Asamblea Legislativa se reunieron nobles y burgueses para discutir el futuro del reino (o de la república) como la plebe gritaba mucho, la aristocracia se pasó al lado derecho de las gradas y en la izquierda quedaron los revolucionarios, representantes de la clase campesina que exigían igualdad, libertad, fraternidad y guillotinas. Sólo entonces, tal vez, pudimos hablar fielmente de una "izquierda" y una "derecha".

En la actualidad la discusión política aún ocurre a través de estos dos polos, aunque ya casi no existan monarquías y aunque ya no estemos en esa asamblea, seguimos simplificando la compleja realidad política a través de estos dos conceptos.

Un estudio internacional para el cual se entrevistó a millones de personas de ambos lados del planeta demostró que 8 de cada 10 personas identifican su orientación política en algún punto de entre estos dos conceptos, izquierda y derecha, algunos países más conservadores y otros más progresistas, pero en todos, la gran mayoría se situaba en el medio del espectro.

Es curioso porque la política y los medios nos presentan a la izquierda y a la derecha como dos especies irreconciliables, pero la gran mayoría vive aquí, en el medio, mientras que en ambos lados hay apenas unos cuantos extremistas. Si los medios no estuvieran tan urgidos de atención veríamos más de este infinito gradiente de opiniones, pero no, nosotros el pueblo somos los que repartimos los clics y nosotros queremos ver lucha y pleito.

¿Y qué defiende esta gente de los extremos ahora que no quedan monarquías? Unos dirán que la lucha es capitalismo contra comunismo, igualdad contra jerarquía, libertades contra obligaciones. Pero qué hay entonces del Partido Comunista Chino, que paradójicamente defiende el libre mercado y una rígida burocracia, o el ex-presidente de México, López Obrador, de izquierdas en lo económico pero conservador en lo social, o el presidente de Canadá, Justin Treadeau, un progre neoliberal. ¿Es qué el mundo se ha vuelto loco?

La respuesta está en que el mundo siempre fue así. El espectro de izquierda o derecha solo sirve para rechazar o aceptar ideas según de quien provenga. ¿Esta idea es buena o es mala? A quién le importa, es buena si proviene de mi tribu y es mala si proviene de la otra. El espectro de izquierda o derecha es una gran herramienta para no pensar y por eso no puede ayudarnos a entender la realidad, porque no hay izquierda ni derecha, solo hay gente confundida producto de sus genes, la cultura, sus padres y hasta su edad. Gente buscando una tribu y bribones buscando el poder.

Avi Tuschmann profundiza sobre el origen biológico de la orientación política y la explora a detalle en su imperdible libro Our Political Nature. En él explica que las raíces de nuestras inclinaciones sociales no brotan en los debates ni en los libros de teoría política, sino en el propio cuerpo. El cerebro humano está cableado para buscar seguridad, estabilidad, pero sobre todo pertenencia y esa necesidad de pertenencia moldea nuestras posturas mucho antes de que podamos explicarlas.

Algunas personas tienen sistemas nerviosos más sensibles al miedo y a la incertidumbre; otras muestran mayor tolerancia al riesgo y a la ambigüedad. Estas diferencias, que pueden rastrearse en la genética y en la forma en que procesamos estímulos amenazantes, influyen en cómo imaginamos el orden social. La evolución favoreció tanto a quienes buscaban protección en estructuras rígidas como a quienes exploraban nuevas formas de cooperación.

La biología no dicta nuestras ideas, pero sí establece el terreno sobre el que crecen. Lo que llamamos “ideología” es, en parte, la expresión cultural de un organismo que intenta sobrevivir, adaptarse y encontrar su lugar en un mundo que siempre ha sido incierto.

La orientación política es una complicada respuesta del individuo al trabajo incompleto de la evolución. El polo o el bando al que decidimos o creemos pertenecer es una respuesta de nuestra especie a su propia vulnerabilidad. Ambos instintos nos ayudaron a sobrevivir, pero ahora un montón de canallas ambiciosos los utilizan para hacerse del poder.

NARRATIVA

E.G.

EL HORIZONTE PRIVADO

El Estado ha tasado la mirada y el horizonte ya tiene dueño. Cuando el paisaje se vuelve un lujo que no estás dispuesto a pagar, solo queda el silencio de la pared y una extraña, gélida forma de libertad.

Me lo notificaron el martes: iban a tapiar todas mis ventanas. Como me pareció extraño y suelo ser algo despistado, simplemente se me olvidó dos horas después de leer la carta. Sin embargo, aquí está: el técnico de visibilidad. Un hombre sudoroso y con una voz especialmente molesta, con la que intenta confraternizar conmigo a un volumen del que bien se podría deducir que piensa que estoy en otro edificio. Me distrajo su mono de trabajo; llevaba una pegatina con su nombre en amarillo chillón que contrastaba con el resto del atuendo, gris y sucio. Creo que él, mientras tanto, me estaba contando la Ley de Visibilidad por la que venía a hacer su trabajo —de la que él mismo se quejaba y le parecía “una tontería que quitarían tarde o temprano”— aunque yo ya la conocía por haberla escuchado durante dos semanas en todos lados. Al fin y al cabo, nunca antes se había propuesto una ley que hubiera entrado en vigor en tan solo tres días.

Era muy sencilla: cualquier persona que resida en un piso superior a siete metros de altura o que pueda ver de forma horizontal más de treinta metros a través de su ventana, deberá abonar un impuesto del 10% de su renta anual. En caso contrario, todas sus ventanas serán debidamente tapiadas y se le prohibirá el acceso a cualquier punto de la ciudad donde pueda observar el horizonte, una montaña o el mar, si fuese el caso.

No es que no me pueda permitir abonar el impuesto, es que nunca he sido mucho de mirar hacia más allá. Pero volviendo al técnico, de un momento a otro, extrajo de un saco unas láminas enrolladas; eran de un material llamado "Vidrio Opaco Administrativo". No pesan, se pegan con un spray y, una vez puestas, la ventana parece simplemente una pared de pladur.

—Imposibles de quitar ni con una bomba nuclear —dijo él con una risa entre burlona y por compromiso con su propio chiste.

Acto seguido me pidió que le ayudara a sujetarlas porque “está solo hoy y el sindicato no le permite hacer esfuerzos lumbares”. Accedí a sellar mi propia celda, no sé si por cortesía o por inercia. Antes de colocar la última en el ventanal más grande del salón, el técnico miró el reloj y me dijo que aprovechara, que el mar estaba especialmente azul hoy. Me asomé. Vi el azul, sí, pero sobre todo vi una mancha de humedad en la fachada de enfrente que tenía forma de bota. Me pareció que la bota era más real que el mar, así que le dije que ya podía terminar. Cuando finalizó su trabajo, el silencio de la habitación cambió de densidad. Ya no era un silencio de espera, sino un silencio de pared.

En ese ambiente casi íntimo en el que se convirtió la que hasta entonces era mi casa, el señor sudoroso parecía sentirse incómodo y se dirigió hacia la salida. Cuando parecía que por fin se iba a marchar, me preguntó si quería el “Kit de Iluminación Básica”: unas bombillas de un color amarillo triste que, en teoría, simulaban la luz solar. Denegué el ofrecimiento. Cuando ya estaba cerrándole la puerta, la luz del descansillo iluminó el cuadro que tenía junto a la entrada, el que pintó mi madre cuando era joven. Al verlo, puso el pie para que no cerrase y volvió a entrar, como quien se olvida de las llaves. —Tampoco aceptan los cuadros que tienen perspectiva, lo siento.

No protesté. Me limité a observar cómo lo descolgaba. El rectángulo de pared que quedó al descubierto estaba más limpio que el resto: un fantasma de color blanco que marcaba el lugar donde antes hubo algo parecido a la libertad. El técnico lo envolvió en el mismo plástico gris con el que había sellado mis ventanas.

—Una última advertencia —añadió mientras se colgaba el cuadro al hombro como quien saca la basura—. La ley tiene un anexo, el 4. Ahora que vive en régimen de opacidad absoluta, queda terminantemente prohibido el uso de la memoria visual recreativa. Si los sensores de la comunidad detectan que usted pasa más de diez minutos al día imaginando paisajes, o si su ritmo cardíaco sugiere que está recordando con excesiva nitidez el azul del mar, se le aplicará el recargo por “Uso de Imagen Residual”. El pensamiento también ocupa espacio en el servidor público, caballero. —No se preocupe —le respondí, y por primera vez en toda la mañana sentí una leve y seca satisfacción en la garganta—. Nunca he tenido buena memoria. De hecho, ya he olvidado qué color tenía su nombre en esa pegatina. El técnico me miró con una mezcla de sospecha y desprecio. No estaba acostumbrado a que la gente no opusiera resistencia. Se despidió con un gruñido y cerró la puerta por fuera.

Me quedé en la oscuridad del pasillo, así que me senté en el suelo, en medio de la penumbra perfecta, y cerré los ojos. No intenté recordar el mar, ni el cuadro de mi madre, ni el color del cielo. No por miedo a la multa, sino por pura pereza. Al fin y al cabo, el Estado y yo habíamos llegado a un acuerdo tácito: para qué molestarse en mirar, si ya no queda nada que nos pertenezca.

POESÍA

SU CHANGABAILES

ESPERANZAS EN CUNETAS.RESTOS HUMANOS EN MACETAS

Este breve poemario es el inventario de quien observa cómo hemos desertado en favor de un simulacro.

Victorias pírricas

Siempre soñé que los duendes
eran ángeles sin alas
dispuestos a mancharse de barro.
Niños con el pelo de un castaño dorado,
con los dientes separados silbando
como serpientes de cascabel.
Con las manos inquietas de curiosidad
y los dedos sucios de aprender a palos.

¿Quién querría santos habiendo sátiros?
¿Quién querría una parábola moralista
existiendo un bufón sabio?

Siempre soñé que mi balcón
era un jardín de delicias vertidas
sobre papel de magdalenas.

Bizcochos de tierra esponjosa
donde enterrar mi hueso.
Olor a dulce recién hecho
en cada primavera
que dura tanto como un pestañeo.

¿Quién querría golosinas
habiendo pecados sabrosos
tan bien pintados?
¿Quién querría el blanco
de unos ojos limpios
existiendo oscuras miradas lascivas?

Siempre sueño que te riego con saliva
o que soy una Bacante
escanciando en tu boca
el licor de mis manzanas.
Que te embriagas con las vides
que me coronan.
Que te arrodillas bajo mi copa.

¿Quién querría
un latido enterrado
habiendo un monte del que
brota Venus
envuelta en una concha?
¿Quién querría un alma
existiendo armas
con las que tomar mi ciudad
y hacerla arder?

Siempre me sueño en pedazos
y no despierto entera.
Mis restos repartidos en macetas
para abonar la tierra
y mis esperanzas tiradas en la cuneta.
La piel brillante de una pantera
con la que decorar tu colchón.

Mis restos repartidos en tus macetas
y mis esperanzas en la cuneta.


Antagonista

Ridícula orgullosa.
Yo, toda ridícula,
toda vil y nada heroica.

Poseo una bondad bastarda
bajo esta máscara
adornada con labios rojos
y una ceja
perfectamente entrenada
para los desaires.

Ridículas ilusiones que
no se cansan de estrellarse,
y la voluntad más floja
que el pedo de una monja.

Flojera en las convicciones saludables.
Tozuda en la obsesión inútil
de coexistir con alguien
y amar más allá de mis narices.

Descarada en las reuniones
o con cara de sota.

Ridícula orgullosa.
Ridícula como Pessoa.
Pero él era un poeta
y yo sólo una boba.

Sigo juntando letras que,
ni de coña avanzarán
en línea recta
o llegarán a buen lugar.

Ridícula a secas.
Harta de cojones,
pero no lo bastante.


Gorriata

Sí era bonita, sí.
Bonita por ignorante.
Cuanto más ignoraba los reflejos,
más bonita.
Cuanto más despeinada,
más bonita..

Era de las que cantaba a escondidas
y se te reía delante.

Brava en el frío.
Rubor radiante que bien vale
un deshielo.
Todo lo que no sabía,
un cuaderno
donde anotar curiosidades.
Lo que no existía a su alcance
sustituido por palos y piedras
formando nidos.

Sí era feliz, sí.
Feliz e impaciente.
No esperaba a Mayo
para cruzar a zancadas los campos,
ni aguardaba a Diciembre
para hacerse el regalo de la ilusión.

Era de las que inventaba canciones
y te mentía a las claras.
Cuentos en el frío
que calientan las tripas
como sopas de mamá.
Historias de un cuaderno
donde hacer más grande
un mundo tan pequeño.
Un lecho seco hecho
verde valle mullido
donde recibir
los besos dulces de papá.

Era y no es pajarita, gorriata.

Sí era lista, sí.
Lista
antes del pasillo de espejos,
antes de la tierra de los hombres,
antes del callejón de los trileros.
Pajarito con frío y sin plumaje
caído al norte del jardín.
Caminito de esquirlas pulgarcitas
que guían a carroñeros
hasta el festín.

Ojalá poder mentirse un poco más,
bonita.
Impaciente y lista
Gorriata

Ahora arpía
que no siente lo que pisa.
Cuanto más despiadada,
más huesos rotos a su paso
y más almas enganchadas
en sus garras.
Criatura con pies de escamas
sobrevolando al norte
de este cementerio.
Caminito de despojosque ahuyente a los cándidos
y atraiga a los necios
que se creen valientes.

KISSY ALEJANDRA

POEMAS PARA EL 8M

Homenajearlas no es aplaudir: es reconocer el peso invisible que sostiene lo visible. Las mujeres han llevado a cuestas con una discreción que desarma cualquier épica. No hicieron ruido, hicieron historia. Y en ese silencio -más hondo que la noche- aprendieron a convertir la carga en conciencia y la herida en camino.

Cargas silenciosas

Dedicado a las almas silenciosas
que cargan con lo que no se ve,
a quienes atraviesan tormentas
con una sonrisa prestada,
a las que han entendido que pedir ayuda
también es un acto de valentía.

A todas las que,
en medio del ruido del mundo,
siguen eligiendo la ternura
como forma de resistencia.

Porque en la fragilidad compartida
se esconde la fuerza más humana.
Y porque estar —de verdad—
es una forma de amor que no hace ruido,
pero sostiene.


Homenaje

No queremos ser salvadas
ni protagonistas de cuentos de hadas.

Somos valientes,
salimos cada mañana a comernos el mundo
y solo pedimos autenticidad.

Nuestros moldes se rompieron
y no encajaremos en ninguno más.
Conocemos nuestra esencia,
nuestras fortalezas
y nuestras luchas.

Somos símbolo de libertad,
valentía y pasión.
Sin buscar validación externa,
trazamos nuestro propio camino.

Reconozcamos la poesía
que surge al admirar esa lucha diaria
que mezcla determinación con sueños,
donde la valentía no significa ausencia
de miedo, sino afrontarlo con coraje.

DEVI YERGA LARRINAGA

LA BOCA COSIDA

Hay que hablar de lo que nos atraviesa. Abanderarnos la lucha de nuestro propio sufrimiento y germinar en él iris blancos, azaleas y tulipanes. Hay que luchar, punto. Para dejar a nuestra progenie, un legado cuya maldición se ha roto de una vez por todas y que contemplen el futuro con la mirada renovada de quién vuelve a creer en los hombres buenos.

Embestidas sin alma

Recuerdo imborrable del averno,
la misma náusea que me mece
es lo que mi grito mudo aclama

Inconsciencia consciente,
certeza de una lucha perdida,
quizá las estrellas me acunen esta noche

Cuestiones de culpa,
dudar de una misma,
y de haber aceptado esa última bebida

abrir la puerta del coche,
después de esas embestidas sin alma,
y echar por (a la) tierra todo lo ingerido a la noche

rogar con voz débil
“llévame a casa”
no olvidar nunca esa mirada

tomar una decisión inamovible
tatuada para siempre en mis entrañas
“esta guerra nunca acaba”


Todo lo que no te dije

La distancia y el tiempo sanan las heridas que tú laceraste.
Contusiones que aún perduran en mi alma y que nunca rozaron mi piel,
pero que dejaron una huella inolvidable.

Quizá tuvieras razón,
y no fuese la ropa más apropiada,
ni debiese bailar esa música,
ni tomarme esa cerveza de más.

Quizá tuvieras razón,
y el río no debiera empapar mi carne desnuda,
y fui la causante de todo ese dolor.

Quizá tuvieras razón,
cuando llorabas desconsolado,
porque un intrusivo pensamiento atravesaba tu mente,
que nunca se tornó realidad…

Quizá entonces,
yo debería haber bailado otra música,
haber salido (aún) menos con mis amigas,
haberte llevado de la mano y no soltarla nunca cuando fuese a saludar a un amigo.

Quizá,
tendría que haberme bañado vestida,
y que todas mis amistades te adorasen,
y que ninguna me advirtiera…

Es verdad. Quizá tenías razón.
Quizá tardé demasiado en llegar a casa un sábado a la noche,
mientras tu esperabas insomne mi llamada.
Quizá tendría que haber bailado solo contigo esos bailes que nos trae Abya Yala.

Quizá fui demasiado libre,
o demasiado libertina,
o demasiado culpable de no llevar sujetador el día que conocí a tu madre.

Quizá debería haber aprendido a comportarme.
Pero no lo hice,
y ahora mis sábanas están ocupadas por otra cómplice,
y ahora mis besos los disfruta otra boca,
y ahora bebe de mí, mi dulce lirio
y por fin puedo decir, libremente, que yo sí soy su delirio.


El pretérito que destroza

Nunca hablo de ti,
no te lo mereces,
pero hoy invoco a las palabras para destronar por completo el corazón infante que tú destrozaste.
El corazón maduro de mi madre que hiciste añicos,
el corazón tierno e inocente de mi hermana que te comiste.

Nunca hablo de ti,
pero en cuanto pude soltar no me callé.
En cuanto alguien estuvo dispuesto a escuchar,
narré,
y lloré,
y me volví a romper.
Pero esta vez para resurgir como un rugido,
bramando desde mis adentros,
que no se rinden ante ninguna acometida,
que no son sinónimo de una garganta rota,
que esta vez,
yo doy los golpes.

Nunca hablo de ti,
pero han sido horas de terapia.
Han sido lágrimas de una infancia que no viví,
de la aceleración de una adultez esquiva,
que la niña que hay en mí nunca alcanzará a comprender.

Nunca hablo de ti,
porque en el fondo temo despertar a la bestia,
que duerme en la habitación de en frente,
y me espanta que se desate en mi hogar la tormenta,
que se lleva para siempre con ella mis lágrimas
y me devuelve hematomas que escondo en gimnasia.

Nunca hablo de ti,
porque es un pasado tan terrible,
que me aterra que aparezcas ante mí de nuevo,
zapatilla en mano,
cinturón en boca,
palo dispuesto a apalearme.

Nunca hablo de ti,
porque aún no he llorado lo suficiente,
a la niña que fui y que tú secuestraste,
y que ahora es una montaña de sueños.

Nunca hablo de ti,
pero ahora abro la boca,
para decirte que soy mujer suficiente para hacerte frente,
y que aunque te tenga pavor,
nunca más destrozarás otras infancias,
a otras mujeres,
a otras familias que creyeron quererte.

Nunca hablo de ti,
pero si pudiera,
te diría,
que ya he hablado tanto,
que todos lo saben.

TEATRO

NACHO DUYOS

ADIÓS

Trata sobre una chica, Sara, que sufre un trastorno de la conducta alimentaria, que lo arrastra desde la infancia, y las consecuencias que produce eso en su salud mental

Una chica en su habitación conecta su cámara del ordenador y comienza a grabarse. Nada más conectar la cámara, se levanta, va por un cenicero, se coloca la ropa que lleva puesta, se sienta, se acerca un poco con la silla y comienza a hablar mientras se hace un porro.

SARA:
“Hola, bueno, no se si esto lo va a ver mucha gente o no,.. (hace una pausa)... joder” (apagando la cámara)

Coge otra vez el papel, el tabaco y el grinder y termina de hacerse el porro, lo enciende y se levanta con el en la mano y comienza a andar por la habitación ensayando el principio del vídeo.

SARA:
“Hola, tengo 24 años,...hola, me llamo Sara, tengo 24 años, vivo sola y tatata, mido tanto y peso tal, pero no siempre fue así...” (hace un gesto de aprobación y se vuelve a sentar, le da una calada más al porro y pone la cámara a grabar) “Hola, me llamo Sara, tengo 24 años, vivo sola en un apartamento y trabajo como analista de datos en una empresa informática, mido 1,60 m y peso 51 kg, pero no siempre fue así.”

Le vuelve a dar una calada al porro y se levanta sin apagar la cámara, sale de la habitación y vuelve a los pocos segundos con una lata de cocacola, dándole un trago. La deja sobre la mesa al lado del cenicero y continua con la grabación.

SARA: “Grabo esto porque no se como escribirlo, no se como expresarlo de otra manera, y porque estoy harta de fingir que estoy bien y que puedo con todo”

Hace una pausa, respira hondo, le da un trago a la cocacola y continua.

SARA: “De pequeña, de muy pequeña, era una niña feliz, o eso creo, porque los primeros recuerdos que tengo, son ya de primaria, y ahí la cosa empezó a cambiar. Al principio no le das mucha importancia, son bromas de compañeros, pero con el tiempo empieza a ser costumbre, hasta el punto de que dejas de ser Sara, para pasar a ser el blanco de todas las burlas de tus compañeros”

Vuelve a hacer una pausa, se enciende otra vez el porro, le da una calada, tose un poco y continua.

SARA: “Al principio eran más suaves, porque los niños tan pequeños aún no tienen tanta maldad, pero a medida que íbamos creciendo, los insultos eran más hirientes, se reían continuamente de mi, incluso de las burlas pasaban a los empujones, me escupían, me señalaban...era la gorda, la foca, la manteca y los últimos años de instituto la GDM o GDM a secas, gorda de mierda”

Rompe a llorar recordando esos momentos. Se seca las lágrimas, le da otro sorbo a la cocacola, se levanta, da un par de pasos de un lado a otro, coge el porro sin sentarse, le da otra calada, se vuelve a sentar y continua.

SARA: “Yo disimulaba, en aquellos años, 16, 17 años, ya había empezado a fumar porros, y quieras o no, me ayudaban a evadirme un poco de la realidad, y aunque me dolía mucho todo lo que me decían, intentaba disimular, que no se notase que estaba jodida, incluso a veces me reía cuando me insultaban. Poco a poco eso fue haciendo mella en mi, ya no me quitaba la ropa delante de las compañeras en el instituto cuando teníamos educación física, nunca me bañaba en verano, no me quitaba ni la camiseta,siempre me ponía a la sombra para no pasar mucho calor, vestía con ropa muy ancha, y empece a vomitar. Al principio era solo en la cena, me lo provocaba, me metía dos o tres dedos en la boca y terminaba vomitando. Con el tiempo empece a hacerlo en las comidas también, me metía en el cuarto de baño y abría el grifo para que no se escucharan las arcadas ni el ruido al vomitar”

Sara, hace una pausa, le cuesta mucho hablar sin emocionarse. Respira hondo se seca una lágrima que se le caía, y continua.

SARA: “Empecé a perder peso, pero aún así no me sentía cómoda, siempre me parecía poco, e incluso me asusté, porque después de cada vómito, empece a sangrar por la nariz, supongo que sería del esfuerzo. Los meses siguientes dejé de hacerlo tan a menudo, hasta que descubrí que bebiendo mucha agua, no hacía falta que me lo provocara y volví a darme atracones y a beber mucha agua para poder vomitar sin esfuerzo”.

Vuelve a hacer una pausa, mira el cenicero y lo aparta con la mano, los ojos están rojos de llorar y de fumar, el ambiente en la habitación está demasiado cargado. Sara se levanta y se dirige a la ventana, la abre y asoma la cabeza respirando profundamente, se queda unos segundo mirando por la ventana y vuelve a sentarse delante del ordenador.

SARA: “Y llegó el momento de irme de casa. Tenía la opción de estudiar cerca de casa, había sacado buena media entre bup, cou y selectividad, pero necesitaba salir de casa, necesitaba alejarme de la familia, sobre todo de mi madre, que me miraba decepcionada, aún no había empezado a ser tan hiriente como lo es ahora”

Sara golpea la mesa fuerte, incapaz de contener la rabia.

SARA: “Me fuí a estudiar informática a Madrid, en contra de la voluntad de mi madre, pero con el beneplácito de mi padre, que es la única persona que me ha apoyado incondicionalmente”

Sara rompe a llorar. Durante unos segundos no es capaz de controlar el llanto. Cuando consigue calmarse, le da un trago a la cocacola, la aprieta fuerte, se gira ya que se ha acabado y la lanza a la papelera encestando y sonriendo de la sorpresa de haber encestado.

SARA: “Mi madre me decía que iba a ser la causante del divorcio de ellos, y no contenta con eso, cada vez que les iba a visitar en los primeros meses, a parte de las miradas de asco que me hacia, lo verbalizaba, me decía que que fea y gorda estaba, mi padre me abrazaba cuando ella se iba y me decía que no me preocupara, que estaba estupenda, que no le hiciera caso, que a sus ojos era maravillosa y que no hiciera caso a los comentarios de nadie, y que además, la que tenía que estar contenta conmigo era yo misma, que la opinión de nadie más, ni su opinión tenía que importarme. Pero aún así, cada vez que me iba de casa de mis padres me iba destrozada, con la autoestima por los suelos y al llegar a casa seguía con los atracones, los lloros, y esta autodestrucción que me ha seguido desde la adolescencia”

SARA: “Los años de la universidad, sobre todo los los últimos tres años, pasaron volando, entre los trabajos que me buscaba para poder pagarme el piso, el estudiar e ir a la universidad a las clases, no tenía tiempo para pensar. Lo vómitos cesaron un poco, y el poco peso que había perdido, lo recuperé de nuevo. Volvía a la casilla de salida una y otra vez. Buscaba trabajos que no estuvieran cara al público, que no me expusieran mucho, trabaje en esos años de cuidadora los fines de semana y de acomodadora en unos cines, hasta que terminé la carrera, en esos últimos años mis padres se separaron y solo recibí llamadas de mi padre, todos los días, y una vez a la semana mínimo venía a visitarme, nunca, nunca me juzgo, y mira que tuvo motivos, pero el me decía que lo que más le preocupaba era mi felicidad y mi salud, por eso nunca dijo nada de lo porros, decía que mientras que hiciera una vida normal, que no dejara de estudiar, que no afectara a mis resultados académicos, o no me afectara en el trabajo, que podía hacer lo queconsiderara oportuno, que era mi vida y que el solo estaba para apoyarme y para ayudarme en lo que estuviera en su mano, que me quería tal y como era, porque para el era perfecta”

Sara sonríe recordando las palabras de su padre y añade después de unos segundos sonriendo.

SARA: “Lo único que me pedía, era que le tuviera alguna cerveza fresquita para cuando viniera a visitarme, y que cuando estuviéramos juntos en el piso, que fumara en el balcón, que no le gustaba que la ropa le oliera a tabaco, aunque alguna calada que otra le daba siempre”

Sara se vuelve a levantar, después del recuerdo de su padre, parece que algo le ha afectado, ya no sonríe, coge el tabaco, el papel y la marihuana y empieza a hacerse otro porro. Se lo hace con calma, con mucho mimo, como sabiendo que ese va a ser el último que se va a fumar, como intuyendo que después de ese momento, no va a haber más momentos, algo en ella se estaba apagando, algo que igual no solo ella, sino los demás nunca dejaron brillar. Se va de la habitación y vuelve con una botella de ron miel, y un vaso, abre la botella y se sirve un poco en el vaso, lo prueba, deja el vaso en la mesa y se enciende el porro. Le da varias caladas reclinándose sobre la silla y mirando hacia el techo. Deja el porro en el cenicero y vuelve a dar un sorbo pequeño, como mojándose los labios.

SARA:“Por lo único que me da pena, es por él, él ha sido la única persona que me ha entendido, que me ha apoyado, que me ha querido, y al único que realmente siento que le he fallado, papá, lo siento mucho, pero no puedo más”.

Sara, apaga la cámara y envía por google drive el vídeo a su padre y lo sube a instagram, y luego apaga el ordenador, se queda mirando la pantalla, y comienza a llorar coge el porro y empieza a fumar, y a terminarse el ron miel que se había puesto.

A duras penas consigue levantarse de la silla, se acerca a la ventana, la abre y se asoma, se queda mirando por ella, la altura al suelo es de cinco pisos, vuelve a meter la cabeza y coge la silla, la acerca a la ventana, pone un pié encima de la silla y se queda mirando una foto que hay en la estantería de ella con su padre y una nota en ella que dice, “Nunca te dejaré caer”. Sara llorar desconsolada, sube el otro pie a la silla y se agarra a la ventana, pero hay algo que la para, el timbre de casa empieza a sonar, golpes en la puerta y el sonido de una llave en la cerradura, como alguien intentando abrir.

PADRE:“Sara, Sara”, (entrando en la habitación corriendo, y parando en el umbral de la puerta y comenzando a dar pasos más despacios acercándose a la ventana), “No por favor,no lo hagas tienes mucha vida por delante, te he visto en instagram, tenía miedo de no llegar a tiempo, no lo hagas por favor cariño, hay mucha gente que te quiere”

SARA:“Papá por favor, déjame, no aguanto más este dolor”

PADRE:(Acercándose cada vez más a Sara)“No puedo, eres lo mejor que me ha pasado en la vida, eres lo que más quiero”(llegando hasta Sara y agarrándola fuertemente, haciéndola bajar de la silla y abrazándola, llorando los dos).

SARA:“Papá...”

PADRE: “Ssshhhh, no digas nada...”(la abraza más fuerte aún)“Nunca te dejaré caer”

FIN

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