Estibaliz Becerro Pellitero (León, 2001) es graduada en Filología Hispánica por la Universidad de León. Actualmente trabaja como profesora de Latín y Cultura Clásica y es candidata a doctoranda en Literatura Latinoamericana.
Hay poemas que incomodan porque dicen la verdad sin rodeos, y Decidme cómo es un árbol
es uno de ellos: un poema que es al mismo tiempo testimonio y memoria, un texto que
atraviesa la historia de España como una herida que todavía hoy permanece abierta. Hablar
de Marcos Ana en el Día de la República Española no es, por tanto, un gesto cultural inocente
o una simple evocación literaria, sino una toma de posición ante el pasado y ante el presente,
una forma de negarse a aceptar la desmemoria como base de la convivencia y de recordar que
este país mantuvo encarcelado durante más de veinte años a un hombre cuyo mayor “delito”
fue defender la legalidad republicana frente al Golpe de Estado en España de 1936 que
acabaría destruyendo la Segunda República Española.
En un tiempo en el que el neofascismo vuelve a encontrar espacios de legitimidad en el
debate público, conviene recordar con claridad que la dictadura franquista no fue una
anomalía abstracta ni un episodio histórico neutral, sino un régimen sostenido durante
décadas por la violencia sistemática, la represión política y el intento deliberado de borrar
toda una cultura democrática que había comenzado a desarrollarse durante la República. Con
su derrota no solo desapareció un proyecto político, sino que miles de vidas quedaron
suspendidas entre cárceles, fosas comunes y exilios, mientras una generación entera era
obligada a vivir bajo el peso del silencio y del miedo.
Es en ese contexto donde surge el poema, escrito desde la necesidad más elemental de
supervivencia emocional, desde la experiencia de quien ha sido arrancado del mundo y
necesita reconstruirlo a través de la memoria y la imaginación:
“Decidme cómo es un árbol,
contadme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros,
habladme del mar.”
En esos versos se percibe el intento desesperado de recuperar la naturaleza desde la ausencia, porque Marcos Ana escribe desde una celda en la que el mundo exterior ha dejado de ser una experiencia directa para convertirse únicamente en recuerdo, en relato o en imaginación. El
árbol, el río o los pájaros, que para cualquier persona deberían formar parte de la vida
cotidiana, se transforman así en símbolos de algo que ya no puede tocarse ni vivirse, en
imágenes que el poeta debe reconstruir con palabras porque el régimen le ha arrebatado
incluso la posibilidad de mirar el mundo.
En ese punto se revela una de las dimensiones más profundas de la brutalidad franquista, que
no se limitó a encerrar cuerpos tras los muros de las prisiones, sino que amputó biografías
enteras, robó juventudes y condenó a una generación a aprender el mundo de memoria, como
si se tratara de un idioma que quizá nunca volverían a hablar. La represión no terminaba en
los barrotes, sino que penetraba también en la percepción misma de la realidad, hasta el punto
de que el poeta, tras años de encierro, siente que ha olvidado cómo son las cosas del mundo
exterior y comienza a preguntarse incluso por las experiencias más elementales de la vida
humana, como el amor, el contacto o los besos de una mujer, como si todo ello perteneciera
ya a un territorio inaccesible.
Mientras el régimen se consolidaba y construía el relato oficial de los vencedores, mientras el silencio se imponía como norma social y política, hombres como Marcos Ana sobrevivían en
condiciones infrahumanas dentro de las cárceles franquistas, y aun así escribían, recordaban y
se negaban a aceptar que la memoria pudiera ser borrada por completo. Por eso este poema
no puede leerse únicamente como un ejercicio de evocación lírica, sino también como una
acusación dirigida contra un sistema que convirtió la vida de miles de personas en un tiempo
suspendido.
Recordar estos versos en el Día de la República implica también enfrentarse a una pregunta
incómoda sobre el presente: qué ha hecho España con esa memoria y qué lugar ocupa en la
conciencia colectiva de la democracia actual. Durante décadas, la transición política trajo
consigo libertades fundamentales y permitió el final de la dictadura, pero al mismo tiempo
dejó intactas muchas de las estructuras simbólicas heredadas del franquismo, de modo que la
reconciliación se presentó con frecuencia como un pacto de silencio y la concordia se
construyó, demasiadas veces, a costa de la invisibilidad de las víctimas.
Por eso leer hoy a Marcos Ana no debería ser un gesto nostálgico ni un simple ejercicio
cultural, sino un acto profundamente político que nos recuerda que la democracia no puede
sostenerse sobre el olvido selectivo y que no puede existir una verdadera justicia mientras la
memoria de la violencia quede relegada a los márgenes del relato histórico. El árbol que el
poeta no pudo ver continúa siendo hoy una metáfora incómoda, porque representa todo
aquello que un régimen autoritario puede arrebatar —la infancia, la libertad, la posibilidad de
vivir una vida plena—, pero también señala la necesidad de reconstruir aquello que fue
destruido.
Frente a los discursos que relativizan la dictadura, frente a quienes pretenden establecer una falsa equidistancia entre víctimas y verdugos o banalizan el golpe militar de 1936, la poesía de Marcos Ana se levanta como un recordatorio persistente de que la historia no puede
reducirse a una narrativa neutral cuando en su interior se encuentran vidas truncadas,
generaciones enteras marcadas por la represión y una cultura democrática que fue
violentamente interrumpida.
La República representó para muchos españoles un proyecto de modernización, de educación
pública y de ampliación de derechos, mientras que el franquismo significó su negación
violenta y la imposición de un sistema político basado en el autoritarismo y la represión.
Entre ambos mundos quedaron atrapadas miles de personas que vivieron durante décadas en
una especie de tiempo detenido, esperando que algún día alguien volviera a preguntar por
aquello que se les había arrebatado.
Esa responsabilidad, inevitablemente, pertenece ahora al presente. Recordar a Marcos Ana no
consiste únicamente en leer un poema o en rescatar una figura histórica, sino en reconocer
que existió un país que intentó borrar a quienes pensaban de manera diferente, en admitir que
todavía quedan heridas abiertas en la memoria colectiva y en negarse a aceptar que la historia
pueda repetirse bajo nuevas formas de intolerancia, indiferencia u olvido.
Quizá por eso la pregunta que atraviesa el poema sigue resonando con tanta fuerza hoy,
porque mientras exista quien prefiera no mirar ese pasado de frente o quien considere más
cómodo no saber cómo es un árbol, estos versos seguirán siendo necesarios y continuarán
funcionando, al mismo tiempo, como memoria y como resistencia.