ARCHIVO N.2

[ TERMINAL DE LECTURA ]

OPINIÓN

RUBÉN ESTEBAN ID: OP_001

LO QUE NO SE NOMBRA

Nombrar es un acto cotidiano e incluso fácil, sin embargo, omitir es un acto de guerra silenciosa que puede resultar muy peligroso.

Nombrar es un acto cotidiano e incluso fácil, sin embargo, omitir es un acto de guerra silenciosa que puede resultar muy peligroso. En la política, lo que no se pronuncia no sólo se ignora: se intenta erradicar de la conciencia colectiva. El lenguaje no es un espejo de la realidad, es el marco que decide qué parte de esa realidad tenemos derecho a ver, y reducir nuestro diccionario es robarnos la capacidad de entender lo que de verdad sucede. Actualmente, no es tan importante tener justificaciones reales y que estén de acuerdo con ciertos valores morales básicos, sino ser el dueño del relato.

Lo vimos hace unos días en la red social X. Feijóo salía al paso para condenar la escalada bélica en Irán con un mensaje aséptico, de manual diplomático, donde las palabras flotaban en un vacío conveniente:

“En momentos delicados, necesitamos sensatez, no brutalidad.

Occidente no es esto.”

En su mensaje, el nombre de Donald Trump brillaba por su ausencia. Es la técnica del “borrado selectivo”: se condena el incendio, pero se oculta al pirómano. Al no nombrar al instigador, la política se convierte en un fenómeno meteorológico —algo que simplemente sucede— y se diluye la responsabilidad. Si no hay nombre, no hay culpable; y si no hay culpable, no hay necesidad de posicionarse contra el aliado incómodo. Es un sujeto omitido muy poco casual.

Pero esta cobardía semántica no es nueva, en España la llevamos tatuada. Lo vemos en el eterno y doloroso debate sobre la Memoria Democrática, donde las banderas guardan memoria (aunque algunos nos quieran vender que nos pertenece a todos) y, sobre todo, guardan horror. Todavía hoy, en muchas mesas de domingo, el silencio es el plato principal. Existe una generación que prefiere no nombrar que aquí hubo una guerra, una dictadura y un genocidio ideológico que llenó las cunetas.

Ese miedo a nombrar no es solo respeto por los mayores, es la victoria póstuma del autoritarismo, anestesiar el lenguaje. Al no decir “golpe de Estado”, al no decir “represión”, convertimos el trauma en una anécdota abstracta. Lo que no se nombra, no existe. Pero la realidad es tozuda: las cosas que callamos se pudren por dentro. Un político que teme nombrar a un líder autoritario es un político que teme a la verdad. Una sociedad que teme nombrar su pasado es una sociedad que camina a ciegas por un campo de escombros, repitiendo errores con un entusiasmo vacío.

Es hora de recuperar el valor de los sustantivos. Contra el simulacro de la equidistancia y el olvido programado, solo nos queda la palabra exacta. Porque, como bien advirtió Hannah Arendt, el mal lo causa la gente que nunca toma la decisión de ser nada. Nombrar es el primer paso para dejar de ser cómplices.

ESTÍBALIZ BECERRO PELLITERO ID: OP_002

DECIDME CÓMO ES UN ÁRBOL: ESCRIBIR CONTRA EL OLVIDO EN UN PAÍS QUE QUISO OLVIDAR

Estibaliz Becerro Pellitero (León, 2001) es graduada en Filología Hispánica por la Universidad de León. Actualmente trabaja como profesora de Latín y Cultura Clásica y es candidata a doctoranda en Literatura Latinoamericana.

Hay poemas que incomodan porque dicen la verdad sin rodeos, y Decidme cómo es un árbol es uno de ellos: un poema que es al mismo tiempo testimonio y memoria, un texto que atraviesa la historia de España como una herida que todavía hoy permanece abierta. Hablar de Marcos Ana en el Día de la República Española no es, por tanto, un gesto cultural inocente o una simple evocación literaria, sino una toma de posición ante el pasado y ante el presente, una forma de negarse a aceptar la desmemoria como base de la convivencia y de recordar que este país mantuvo encarcelado durante más de veinte años a un hombre cuyo mayor “delito” fue defender la legalidad republicana frente al Golpe de Estado en España de 1936 que acabaría destruyendo la Segunda República Española.

En un tiempo en el que el neofascismo vuelve a encontrar espacios de legitimidad en el debate público, conviene recordar con claridad que la dictadura franquista no fue una anomalía abstracta ni un episodio histórico neutral, sino un régimen sostenido durante décadas por la violencia sistemática, la represión política y el intento deliberado de borrar toda una cultura democrática que había comenzado a desarrollarse durante la República. Con su derrota no solo desapareció un proyecto político, sino que miles de vidas quedaron suspendidas entre cárceles, fosas comunes y exilios, mientras una generación entera era obligada a vivir bajo el peso del silencio y del miedo.

Es en ese contexto donde surge el poema, escrito desde la necesidad más elemental de supervivencia emocional, desde la experiencia de quien ha sido arrancado del mundo y necesita reconstruirlo a través de la memoria y la imaginación:

“Decidme cómo es un árbol,
contadme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros,
habladme del mar.”

En esos versos se percibe el intento desesperado de recuperar la naturaleza desde la ausencia, porque Marcos Ana escribe desde una celda en la que el mundo exterior ha dejado de ser una experiencia directa para convertirse únicamente en recuerdo, en relato o en imaginación. El árbol, el río o los pájaros, que para cualquier persona deberían formar parte de la vida cotidiana, se transforman así en símbolos de algo que ya no puede tocarse ni vivirse, en imágenes que el poeta debe reconstruir con palabras porque el régimen le ha arrebatado incluso la posibilidad de mirar el mundo.

En ese punto se revela una de las dimensiones más profundas de la brutalidad franquista, que no se limitó a encerrar cuerpos tras los muros de las prisiones, sino que amputó biografías enteras, robó juventudes y condenó a una generación a aprender el mundo de memoria, como si se tratara de un idioma que quizá nunca volverían a hablar. La represión no terminaba en los barrotes, sino que penetraba también en la percepción misma de la realidad, hasta el punto de que el poeta, tras años de encierro, siente que ha olvidado cómo son las cosas del mundo exterior y comienza a preguntarse incluso por las experiencias más elementales de la vida humana, como el amor, el contacto o los besos de una mujer, como si todo ello perteneciera ya a un territorio inaccesible.

Mientras el régimen se consolidaba y construía el relato oficial de los vencedores, mientras el silencio se imponía como norma social y política, hombres como Marcos Ana sobrevivían en condiciones infrahumanas dentro de las cárceles franquistas, y aun así escribían, recordaban y se negaban a aceptar que la memoria pudiera ser borrada por completo. Por eso este poema no puede leerse únicamente como un ejercicio de evocación lírica, sino también como una acusación dirigida contra un sistema que convirtió la vida de miles de personas en un tiempo suspendido.

Recordar estos versos en el Día de la República implica también enfrentarse a una pregunta incómoda sobre el presente: qué ha hecho España con esa memoria y qué lugar ocupa en la conciencia colectiva de la democracia actual. Durante décadas, la transición política trajo consigo libertades fundamentales y permitió el final de la dictadura, pero al mismo tiempo dejó intactas muchas de las estructuras simbólicas heredadas del franquismo, de modo que la reconciliación se presentó con frecuencia como un pacto de silencio y la concordia se construyó, demasiadas veces, a costa de la invisibilidad de las víctimas.

Por eso leer hoy a Marcos Ana no debería ser un gesto nostálgico ni un simple ejercicio cultural, sino un acto profundamente político que nos recuerda que la democracia no puede sostenerse sobre el olvido selectivo y que no puede existir una verdadera justicia mientras la memoria de la violencia quede relegada a los márgenes del relato histórico. El árbol que el poeta no pudo ver continúa siendo hoy una metáfora incómoda, porque representa todo aquello que un régimen autoritario puede arrebatar —la infancia, la libertad, la posibilidad de vivir una vida plena—, pero también señala la necesidad de reconstruir aquello que fue destruido.

Frente a los discursos que relativizan la dictadura, frente a quienes pretenden establecer una falsa equidistancia entre víctimas y verdugos o banalizan el golpe militar de 1936, la poesía de Marcos Ana se levanta como un recordatorio persistente de que la historia no puede reducirse a una narrativa neutral cuando en su interior se encuentran vidas truncadas, generaciones enteras marcadas por la represión y una cultura democrática que fue violentamente interrumpida.

La República representó para muchos españoles un proyecto de modernización, de educación pública y de ampliación de derechos, mientras que el franquismo significó su negación violenta y la imposición de un sistema político basado en el autoritarismo y la represión. Entre ambos mundos quedaron atrapadas miles de personas que vivieron durante décadas en una especie de tiempo detenido, esperando que algún día alguien volviera a preguntar por aquello que se les había arrebatado.

Esa responsabilidad, inevitablemente, pertenece ahora al presente. Recordar a Marcos Ana no consiste únicamente en leer un poema o en rescatar una figura histórica, sino en reconocer que existió un país que intentó borrar a quienes pensaban de manera diferente, en admitir que todavía quedan heridas abiertas en la memoria colectiva y en negarse a aceptar que la historia pueda repetirse bajo nuevas formas de intolerancia, indiferencia u olvido.

Quizá por eso la pregunta que atraviesa el poema sigue resonando con tanta fuerza hoy, porque mientras exista quien prefiera no mirar ese pasado de frente o quien considere más cómodo no saber cómo es un árbol, estos versos seguirán siendo necesarios y continuarán funcionando, al mismo tiempo, como memoria y como resistencia.

ENSAYO

VALERIA BARRA

EL MAL RADICAL Y LA BANALIDAD DEL FRANQUISMO

Este texto analiza la dictadura franquista a través de la evolución filosófica de Hannah Arendt, explorando cómo el régimen transitó de una violencia fundacional devastadora a una represión burocrática normalizada.

Cuando Hannah Arendt publicó Los orígenes del totalitarismo en 1951, estaba convencida de que el único mal existente era el radical: algo demoníaco, profundo y psicópata. Sin embargo, cuando cubrió el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén en 1961, y no encontró un monstruo, corrigió su idea. De este juicio nació el concepto de la banalidad del mal: aquel mal que se hace sin pensar, mediante una orden.

Esta transición filosófica no solo se aplica en el Holocausto, sino que se puede aplicar a cualquier situación. Aplicar esta teoría al franquismo permite entender la dictadura no solo como el proyecto de un líder autoritario, sino como una estructura sostenida por miles de seguidores que normalizaron la represión durante cuarenta años.

1. La fase del Mal Radical: El hombre superfluo (1939-1945)

En los años inmediatos a la Guerra Civil, el franquismo operó bajo lo que Arendt llamó el mal radical. El objetivo no era solo ganar una guerra, sino hacer al oponente “superfluo”.

A través de los campos de concentración españoles (como Miranda de Ebro o Castuera) y las ejecuciones sistemáticas, el régimen intentó destruir la condición humana del enemigo. No se trataba solo de castigar a la ideología contraria, sino de arrebatar al individuo su capacidad de actuar y su identidad jurídica. En esta etapa, el mal era radical, pretendía cambiar toda la sociedad española mediante la eliminación del diferente. Era un mal que, efectivamente, buscaba echar raíces profundas mediante el terror absoluto.

2. El giro hacia la Banalidad: El triunfo del expediente

A medida que la dictadura se asentaba, el mal radical mutó en algo más sutil y, por ello, más difícil de erradicar: la banalidad del mal. Una vez eliminado el enemigo activo, el régimen no se sostuvo solo por el terror, sino por la administración del castigo.

Aquí es donde aparece el "Eichmann español". No era un monstruo sediento de sangre, sino un funcionario de justicia, un censor de prensa o un registrador de la Causa General. Para estos hombres, la represión dejó de ser una matanza para convertirse en un trámite de oficina.

“La característica más terrible de Eichmann —escribió Arendt— era que había muchos como él, y que estos no eran ni pervertidos ni sádicos, sino que eran, y siguen siendo, terroríficamente normales”.

En España, esa normalidad se vestía de traje gris y firmaba expedientes de depuración de maestros. El mal se volvió banal porque se expropió de su carácter extraordinario para integrarse en la rutina del Estado.

3. La ausencia de pensamiento y el lenguaje protector

El motor de la banalidad, según Arendt, es la incapacidad de pensar. El pensamiento requiere diálogo interno y la capacidad de ver el mundo desde la perspectiva ajena. El franquismo anuló esto mediante un lenguaje saturado de clichés y eslóganes.

Este lenguaje funcionaba como un escudo contra la realidad. Si el funcionario se limitaba a aplicar la ley y a repetir las consignas oficiales, no necesitaba enfrentarse a la moralidad de sus actos. El mal banal floreció en España porque el régimen ofreció a los ciudadanos una salida cómoda: la renuncia al juicio propio a cambio de una vida resuelta.

4. La complicidad del paisaje cotidiano

A diferencia del mal radical, que es explosivo y evidente, el mal banal es un fenómeno de superficie. Se manifiesta en el silencio de los vecinos que veían pasar los camiones de presos, en los médicos que participaban en el robo de bebés bajo una supuesta “superioridad moral” y en la Iglesia que validaba la jerarquía.

No eran necesariamente personas malvadas en el sentido tradicional; eran personas que, en palabras de Arendt, no tenían motivos, excepto una diligencia extraordinaria por su bienestar personal. La dictadura se volvió eterna porque logró que el horror fuera paisaje: algo que estaba ahí, pero sobre lo que no se reflexionaba.

Conclusión: El peligro de la desmemoria

La evolución del mal en el franquismo nos deja una lección inquietante. Mientras que el mal radical es identificable y genera un rechazo casi biológico, el mal banal es contagioso y persistente.

Entender que gran parte de la dictadura se sostuvo sobre la mediocridad y la falta de juicio crítico de “buenos ciudadanos” es doloroso, pero necesario. Nos recuerda que la democracia no se defiende solo contra los tiranos, sino contra nuestra propia tendencia a dejar de pensar, a obedecer sin cuestionar y a permitir que, una vez más, el mal se convierta en un simple trámite administrativo.

NARRATIVA

M.B

EL PSIQUIÁTRICO OCULTO

Tras escapar de un inquietante centro psiquiátrico, Maider encuentra refugio en un pequeño pueblo donde una mujer decide cuidarla como a una hija. Sin embargo, la duda sobre su pasado la persigue: nadie en la zona parece conocer el lugar del que huyó. Decidida a encontrar respuestas, Maider emprende una búsqueda para descubrir la verdad tras el centro que la mantuvo cautiva, sin sospechar que su realidad es mucho más frágil de lo que imagina.

Los pasos se oían cada vez más cerca. Las voces de los enfermeros me perseguían al grito de: «¡Para!». Pero yo solo podía correr, hasta que conseguí perderles de vista y entrar en un pequeño pueblo. Allí vi un comercio apartado de la zona y pensé que sería una buena idea entrar para refugiarme.

Tras cerrar la puerta, una mujer alta y delgada me miró fijamente con una expresión triste. Cuando me fijé en mi vestimenta, lo entendí todo: tenía el camisón sucio, con rasguños, y no llevaba zapatos. Tras un silencio sonoro en el que la mujer me juzgaba con la mirada, me preguntó mi nombre.

—Maider —le dije.

Me preguntó, preocupada, de dónde venía. Aunque estaba claro que provenía del centro psiquiátrico, ella desconocía su existencia. La mujer me dio comida, aseo e incluso una muda, y me adoptó como a una hija. Era soltera, sin hijos, pero con el deseo de tener uno.

Con los años, descubrí que nadie sabía de la existencia del centro en La Serna ni en los alrededores. Fue por eso que decidí investigar por mi cuenta dónde podría estar el lugar del que había huido y en el que pasé tantos años. Me armé con un kit de supervivencia: una cantimplora con algo de agua, una linterna, una brújula y una cámara de carrete con un rollo a color para el que había ahorrado durante semanas.

Tras una larga búsqueda sin resultados, decidí volver a casa. Al anochecer, usé la linterna, pero resultó poco efectiva: se me había olvidado ponerle las pilas. Aun así, seguí mi camino. Escuché ruidos, pero decidí ignorarlos… hasta que sentí una respiración en mi nuca. Me di la vuelta, pero no tuve tiempo de reconocer su rostro, pues me inyectaron algún somnífero que me dejó dormida.

Cuando desperté, estaba en un hospital. Los médicos se sorprendieron al verme consciente. Al parecer, tenía padres, quienes se echaron a llorar al verme. Ahí estaba yo, descolocada, sin saber que todo lo que había vivido había sido un sueño que duró los dos años que estuve en coma. Desperté con veintidós años, con una familia y totalmente sana, sin haber pisado un psiquiátrico jamás. Pero, definitivamente, necesitando un psicólogo después de todo esto.

POESÍA

SU CHANGABAILES

ELEGÍA

Elegía a la matanza extremeña.

La gran matanza extremeña suena a fiesta; suena a unión de pueblo y de vecinos; suena a arrimar el hombro y compartir; suena y resuena a cantes y bailes.

Huele a jolgorio; huele a pimentón de la Vera y ajo machao.

Huele a anís, a aguardiente, a pitarra, a humo de chimenea, a mesa recién puesta.

¡Qué pena!
Ojalá hubiese sido una fiesta.
La gran matanza extremeña se celebró, para algunos, un maldito 14 de agosto de 1936. Para otros, la mayoría, se sufrió en la misma fecha. Sonó a disparos, a gritos, a sollozos, a crepitar de cuerpos, a pies arrastrados, a ruido urgente en las tripas. Olió a miedo, a carne quemada, a aceite de ricino, a heces, a sudores fríos, a humanos vivos hacinados, a humanos muertos masacrados, a pólvora, a infierno de azufre.
¡Qué pena!
Ojalá hubiese sido una fiesta y no un desfile de almas humilladas y conducidas hacia el matadero en una plaza redonda con burladeros en los que no se pudo burlar a la muerte.
¡Qué rabia me truena dentro!
Ojalá la esperanza no fuera un pecado delante de un carnicero.
Ojalá no hubiera sido un pecado querer poseer la tierra que se labra y se cosecha.
¡Qué asco más grande el triunfo del egoísmo!
Qué náusea produce saber que morir era el precio por desear un sol para todos; un sol que no debiera nada, ni a dioses, ni a reyes, ni a galones, ni a galanes o señoritos del "pan pringao" acostumbraos al vasallaje.
A día de hoy no se sabe el número de almas que ardieron en aquella masacre. Algunos dicen que mil ochocientas; otros, que podrían ser cuatro mil. Si hubieran sido monedas, alguien habría hecho un recuento y lo habría apuntado en una vieja y sucia libreta de usurero. Qué pena que, después de aquello, "el carnicero" fuera nombrado ministro del aire, como si no hubiera hecho bastante daño en el suelo.
Y luego...
Luego vino aquel innombrable, al que aún demasiados ensalzan, a darnos la limosna del agua y las parcelas. Vino a colgarse las medallas de las grandes ideas de otros. Vino a buscar pedestales que le hicieran parecer más grande.
Las víctimas de ayer fueron humilladas y puestas de rodillas con fusiles, violencia y ricino.
Las víctimas de hoy se arrodillan por voluntad propia a besar la sombra que proyecta en la tierra un cobarde que pensaba que algunas vidas importaban bastante menos que otras.
¿Qué pena!

LEAN FUENTES

LEAN FUENTES

Leandro Fuentes Sobelvio (San Juan, Argentina 1990). Es poeta, editor y periodista freelancer, sus trabajos periodísticos son publicados en diferentes medios de comunicación alternativa. Publicó Canción Urgente, Poemas y otras yerbas (Viaje Espacial, 2016). 1990, Fuego Interior (Viaje Espacial, 2017). Sobre Ninguna Tierra, antología colectiva (Nave, 2018). El Cuerpo Expresivo, antología erótica (ECE, 2020). LiberaPoesía, antología Latinoamericana (Cáscara de Nuez, 2020). Es editor de la revista & editorial Montañas de Papel, Periodismo Under. Actualmente trabaja en su primera novela. Elige hacer siempre, todavía no murió.

Un corazón no se endurece porque sí

Además de alcohol, por las venas
es necesario tener algo de valentía
porque sangre tenemos casi todos.

por el misterio de la vida
es que resisto, aunque reconozco
que en este esfuerzo extraordinario
corro el riesgo de –finalmente– romperme.

Te dedico mis poemas porque sé
que la vida no está hecha de poesía
está hecha de pedazos de muertos;
si me equivoco disparen con amor.


La vida otra vez

Qué bueno
es resucitar
abrir un blíster
rezar al tolueno
después de caer
en un calabozo.

Quisiera explicarlo mejor
pero el punk rock es así.


Total indiferencia

No se atreven
a mirarnos
ni se les ocurre
será cuestión de fe
perdimos la ternura
o será que les asusta
la cruz que ofrecemos?


Elementales Leches

mientras el mundito
continúa ahí afuera
exigiendo nuevas guerras
yo estoy tirado en mi cama
mirando el techo, soñando
con la forma de tu cuerpo.
agitándome; vaciándome.

Voy a emborracharme
Ese será mi acto de protesta.


Patrulla juvenil

Qué lindo día
para quemar
un patrullero
juntos
no importa
cuándo leas esto.//


Mañana es peor

hermoso es el ayer
estético es el pasado
qué horrible es ahora.

KISSY ALEJANDRA

PIENSO, LUEGO EXIJO/ EL TIEMPO/ TEORÍA DEL CAOS.

El caos no grita.
El tiempo no espera.
El pensar intenta ponerle nombre a lo que ya cambió.
Vivimos entre los tres: lo que se rompe, lo que huye y lo que insiste en comprender. Y en ese intento breve, se nos va la vida.

Pienso, luego exijo.

Pienso, y al pensar surge la exigencia.
El pensamiento, en su afán de claridad,
reclama siempre más:
más precisión, más certeza,
más fundamento.

Pero la exigencia, cuando se vuelve
contra mí, deja de ser camino
y se convierte en frontera.
Me exijo hasta tal punto
que el pensamiento, acosado,
se repliega y se extingue.

Así descubro la paradoja:
pensar para exigirme,
y exigirme hasta dejar de pensar.

Tal vez la libertad del pensamiento
no nazca de la exigencia,
sino del permiso:
pensar sin deber,
buscar sin miedo,
errar sin condena.


El tiempo

El tiempo no cura:
es solo la medida del cambio.
Sanar es otra cosa.
Es comprender que esperar
también es una forma de negarse,
que aferrarse al pasado es querer fijar
lo que por esencia es tránsito.
Nada nos pertenece,
ni siquiera los abrazos.

Aceptar el final
es aceptar la condición finita
de todo lo que amamos.

Te curas cuando asumes
que el dolor no es identidad,
sino experiencia.

Cuando perdonas
no para absolver al otro,
sino para liberarte del peso
de seguir juzgando.

Sanar es soltar
sin convertir la pérdida
en argumentos de vida.

Y entonces comprendes:
No era el tiempo,
eras tú aprendiendo
a habitarte sin nostalgia.


Teoría del caos.

A la teoría del caos,
por enseñarnos que hasta
el más mínimo aleteo
puede transformar el mundo,
que en la complejidad
reside el equilibrio,
y que del aparente desorden
surge la magia de lo inesperado.

TEATRO