ARCHIVO N.3

[ TERMINAL DE LECTURA ]

OPINIÓN

RUBÉN ESTEBAN ID: OP_001

LA HERENCIA VACÍA

El hambre por progresar y la necesidad de ser revolucionario murieron hace demasiado tiempo.

El hambre por progresar y la necesidad de ser revolucionario murieron hace demasiado tiempo. Desde el Muro de Berlín no hemos vuelto a ser espectadores de un cambio relevante en el sistema o en el clásico devenir de la historia; desde la década del 2010 donde el feminismo pareció tomar una importancia muy notoria o posteriormente otros movimientos como el Black Lives Matter no ha habido ninguna chispa que agitase ideas tan necesarias. Por si fuera poco, ambos movimientos han acabado siendo o bien opacados y rechazados o bien una especie de fracaso debido al resultado que presenciamos hoy. Quedaron ocultos bajo el telón de las guerras, la discriminación, pandemias y las nuevas tecnologías que nos resultan más urgentes que lo que verdaderamente es crucial para tantos seres humanos.

No es una casualidad que la cultura sea hoy un círculo vicioso. La moda, la música y el arte se han convertido en una renta estética de los años 80 y 90, donde sí se creó algo genuinamente nuevo, desde entonces, preferimos vivir de los intereses de ese pasado antes que afrontar la angustia de imaginar un futuro mejor.. Llevamos zapatillas que son remakes de las que las grandes marcas sacaron en esas décadas, vemos series que son altares a la nostalgia como “Stranger Things”, nuestra música es tan solo una variación de ritmos ya agotados: del rap de EEUU, de un flamenco de entonces mezclado con electrónica actual, de un reggaetón que suena igual desde los 2000… No es que la creatividad haya muerto, sino que nos aferramos a la comodidad de lo que “fue un pasado mejor” y en lo “vintage” porque, la cruda realidad es que nos da miedo el vacío de lo nuevo.

Esta parálisis, probablemente, tiene un origen material: el desahucio del espacio y del tiempo. Somos la primera generación que no posee su propia cultura porque está demasiado ocupada intentando poseer un techo. Es imposible crear cuando la mente está secuestrada por la búsqueda de un empleo no precario tras dos grados y un máster. El sistema no ofrece tregua ni refugio, nuestras ciudades se han convertido en grandes plazas de cemento, desprovistas de árboles para forzar al turista a consumir en la terraza. Se han eliminado los espacios de ocio gratuito y creación joven, especialmente en la España rural, para convertir el suelo en un activo financiero. Ser creativo resulta ahora más revolucionario que nunca.

Heredar un desierto y llamarlo jardín es la última mentira de nuestra época. Si nos limitamos a habitar las ruinas de lo que otros soñaron, terminaremos siendo los figurantes de un museo que nadie visita. La herencia está vacía no porque falten objetos, sino porque nos falta la soberanía para inventar nuestros propios nombres. Si no somos capaces de soltar esas llaves oxidadas del pasado y empezar a cavar nuestros propios cimientos, seremos la generación que pasó por la historia sin dejar ni una mancha de pintura fresca.

ENSAYO

P. ROSADO

LA COMODIDAD COMO TRAMPA

La comodidad rara vez parece peligrosa. No duele, no grita, no exige explicaciones. Se presenta como una aliada silenciosa que nos protege del esfuerzo, del error y de la incertidumbre.

La comodidad rara vez parece peligrosa. No duele, no grita, no exige explicaciones. Se presenta como una aliada silenciosa que nos protege del esfuerzo, del error y de la incertidumbre. Nos envuelve con rutinas conocidas, decisiones fáciles y una aparente estabilidad que, con el tiempo, confundimos con paz. Pero precisamente ahí reside su mayor riesgo: la comodidad no te rompe, te apaga.

Buscamos la comodidad porque nos da sensación de control. Nos permite movernos en terrenos conocidos, evitar preguntas incómodas y postergar decisiones que nos obligarían a enfrentarnos a nosotros mismos. La comodidad nos promete seguridad, pero rara vez crecimiento. Y aun así, nos aferramos a ella porque el miedo a lo desconocido suele pesar más que la incomodidad de seguir igual.

El problema no es descansar. El problema es quedarte. Hay una diferencia profunda entre tomarse una pausa consciente y vivir en piloto automático durante años. El descanso es temporal y reparador; la comodidad-trampa es silenciosa y permanente. No duele hoy, pero pasa factura mañana. Un día despiertas con la sensación de que el tiempo pasó rápido, pero tú no avanzaste con él.

La trampa se vuelve más cruel cuando eres consciente de ella. Cuando sabes que quieres salir, cambiar algo, dar un paso distinto… pero no eres capaz de hacerlo. No por falta de ideas, sino por miedo. Miedo a equivocarte, a perder lo poco seguro que tienes, a descubrir que el cambio no era tan liberador como imaginabas. Entonces aparece la parálisis: el deseo de avanzar choca con la incapacidad de moverte.

En ese punto, la mente empieza a justificarlo todo. “No es el momento”, “podría ser peor”, “ya estoy bien así”. Y quizás no estás mal. Ese es el engaño. La comodidad no siempre se siente como infelicidad; a veces se siente como una calma vacía, una estabilidad sin ilusión. Sabes que hay algo más, pero el salto parece demasiado grande.

Las señales suelen ser sutiles: apatía sin motivo claro, días que se repiten sin dejar huella, miedo exagerado a cambiar cosas pequeñas, una voz interna que insiste en que estás desperdiciando algo… pero que callas porque enfrentarlo implicaría actuar. Y actuar incomoda.

Salir de la comodidad no significa destruir tu vida ni tomar decisiones radicales de un día para otro. A veces basta con incomodidades pequeñas y voluntarias. Cambiar una rutina, decir que sí a algo que normalmente evitarías, aceptar el error como parte del proceso. No se trata de tener valentía absoluta, sino de dejar de negociar constantemente con el miedo.

También es importante entender que no dar el paso no te hace débil. Te hace humano. Pero quedarte ahí indefinidamente sí tiene un coste: renunciar, poco a poco, a la versión de ti que sabe que puede más. El crecimiento casi nunca llega envuelto en seguridad; llega con dudas, torpeza y miedo.

La vida no se estropea por incomodarse. Se marchita por no hacerlo. La comodidad es necesaria, pero solo cuando sabes salir de ella. Porque fuera de ese terreno seguro no siempre hay garantías, pero sí hay movimiento. Y a veces, moverse —aunque sea con miedo— es la única forma de volver a sentirte vivo.

NARRATIVA

SU CHANGABAILES

MICAELA

Micaela, una madre recia y mordaz, protagoniza esta crónica familiar que entrelaza el humor con la inevitabilidad de la muerte. Desde un nacimiento accidentado hasta un adiós silenciado por el cáncer, su hijo retrata un vínculo forjado entre anécdotas y "¡Ayes!". Es el cierre de un círculo vital donde la risa y el último suspiro se funden con una ternura arrolladora.

Nací en un ¡Ay!, en un suspiríto mal dado.
Mientras otras parturientas quedaban afónicas entre gritos de dolor que parecían los mismísimos estertores de la muerte, mamá reía con la matrona y el médico con la confianza que te da haber pasado por tres partos y un aborto.
Mayormente se reían de los gritos de las novatas y de las protestas de sus inexpertos maridos. Papá no reía tanto. Se identificaba bastante con esos pobres hombres sudorosos, con ese miedo a lo inesperado. Se mareaba al rememorar los anteriores alumbramientos.
Ya había visto demasiadas coronillas abriéndose camino para salir y habia sufrido bastante los apretones de mano de mi madre que le quedaban dolorido una semana.
Mi padre era un flojo. Mi madre era recia, dura y risueña. Una mujer resuelta, echá palante. No solía quejarse por menudencias y le encantaba hacer gala de ello.
Disfrutaba contando la historia sobre mi nacimiento como quien tiene aprendido un cuento o un chascarrillo.
(No conseguimos llegar ni al paritorio, decía.
Estabas ya para salir cuando quisieron levantarme. Así que dí un empujón y saliste disparado a los brazos del médico.
Qué negro eras, hijo mío. Moreno y peludo como una cría de mono. Muy feo. Cuando te pusieron sobre mi pecho y te vi de cerca le dije a tu padre " Sebastián. A este niño lo dejaremos para el campo".
El médico y la matrona se desternillaban. Tu padre se quedó serio y contestó " No te llega el riego, Micaela. No te llega")
Esa era la historia que me contaba en cada cumpleaños.
De niño me enfadaba. De adolescente me avergonzaba. De adulto... De adulto aprendí a chinchar a Micaela.
Cada vez que intentaba avergonzarme le decía "¡ Ay mama!" Así sin tilde ni nada " Si te pilla Fellini te hace una trilogía" todo ello acompañado de un buen pellizco en las nalgas.
Al principio conseguía sacurdieme una buena colleja.
"A mi no me llames mama, desgraciao"
Frase y colleja inseparables. Cosidas con el hilo de la mala leche que le entraba por no tener ni puñetera idea de quien era Fellini y porque aún le encantaba que le llamara mami.

Con los años y su pérdida de agilidad, cambió la colleja por tirarme a la cabeza cualquier cosa que pillara a su alcance. Un servidor echaba a correr por toda la casa.
En mi treinta cumpleaños, mami ya había empezado a perder la memoria de una forma voraz. A pesar de ello seguía contando mi nacimiento. Lo mismo hacía con los de mis hermanos.
En realidad había reducido nuestra vida y la suya a cuatro anécdotas. Como cuando papi se compró aquella moto y nos montó a todos con él para estrenarla. A todos menos a mí madre que gritaba desde la acera. "¡Loco! ¡Parricida! ¡ Me vas a dejar viuda y sin hijos de un solo viaje!"
Mi padre le gritó desde la moto" ¡ Micaela, por dios!
¡Los parricidas matan a sus padres, no a sus hijos! "
Y después arrancó aquel aparato infernal y lo hizo rugir un rato largo. La vuelta fue muy corta pero el enfado de mi madre duró una semana.

Micaela no llegó a mi siguiente cumpleaños.
Tres semanas antes descubrieron una metástasis extendida por todo su cuerpo.
Había tenido unos dolores que ella decidió que eran musculares. El médico del pueblo no se molestó en contradecirla. Menuda era mi madre. Ella nunca se ponía enferma de nada.
Se estuvo automedicando durante un mes hasta que un día se puso totalmente amarilla. Mi padre y mi hermana mayor la llevaron al hospital muy asustados.
El hígado ya no funcionaba bien. Ni el hígado ni casi nada.
Me llamaron al día siguiente para avisarme y ponerme al corriente de todo. Por entonces yo me encontraba trabajando en el extranjero. Nunca había estado preocupado por mi madre. No nos había dado ni un solo disgusto en su vida. Ni una mala caída, ni una tos, ni un dolor de barriga. Hasta se apañaba bien con su escasa memoria y la ayuda de mi padre.
Totalmente desahuciada la enviaron a casa a morir tranquila.
Yo llegué a casa cuatro días antes de su fallecimiento.
Quería que mi padre y mis hermanos descansaran y me metí en la habitación con ella los cuatro días del tirón. Sólo les pedía ayuda para lavarla y cambiarle el camisón.
Un día, mientras la moviamos para mudar las sábanas, se le escapó un gas sonoro, muy sonoro. Todos nos miramos y dijimos "¡ Fuego!" que era lo que decía mi padre cada vez que bajaba las escaleras de la casa tirándose pedos.
Reímos. Reímos todos porque los pedos de Sebastián eran algo que enfadaba mucho a Micaela. Vaya ejemplo para tus hijos, decía siempre. Vaya ejemplo.
Y una mañana, casi rozando el medio día... Después de darle su ración de morfina, Micaela me cogió la mano fuerte y me quedé fijo perdido en el reflejo de mi cara dentro de sus profundos y oscuros ojos. Creo que ella ya ni me reconocía.
Soy tu hijo el feo, le dije. La cría de mono.
Y se me fue sin más. En un suspiríto mal dado, en un ¡Ay!

POESÍA

KISSY ALEJANDRA

SOY LA QUE ME ACOMPAÑA

No soy yo misma.
O al menos no del todo.
A veces siento que soy una versión en borrador,
una mujer que me observa desde el reflejo,
y me sigue los pasos con algo de duda,
y algo de ternura.

Ella camina a mi lado.
No dice mucho, pero siente conmigo.
No siempre entiende mis decisiones,
pero jamás me abandona.
Es la que se quedó cuando quise huir,
la que se levantó cuando no podía,
la que lloró cuando yo no me lo permitía.

Soy, quizás, una suma de ausencias,
y ella es la que las recoge con cuidado,
como quien recoge trozos de un jarrón roto
sin culpar al viento.
A veces me da miedo volverme solo eso:
una acompañante de mí misma,
una sombra que se consuela con existir.
Pero entonces ella, la que me acompaña,
me toma de la mano,
y me recuerda que no estoy sola,
ni siquiera cuando no soy yo.

SU CHANGABAILES

AUTODIAGNÓSTICO

(UNA ENFERMEDAD REAL. UNA ENFERMEDAD INCURABLE)

​I. El " yo" objeto.

​Avanza por los pasillos de carne
con tiritas y dolores
por tacones prestados.

Mira ojos de vidrio.
Bebe lo suficiente.
Fuma lo inconcebible.
Come por no morir.
Danza por no dormir.

​Se busca en los espejos.

s todo piernas.
Es todo brazos largos
que van y vienen
en el rojo intermitente
chocando con tantas pieles.

​Es justo donde no se puede ser.
Donde no está, existe.
Desaparece donde se exhibe.
Desvanecerse es el límite

​Es una náusea que estalla en purpurina.

Brilla tras flequillos parisinos
y sueña con entradas clandestinas creadas para reinas caducas
de la belleza
y pedestales más firmes
para bailar y sonreír
ante lo que no encuentra.

​Súplica, reza
por volver a casa
habiendo cobrado su pieza
y no yacer sola en su viejo catre.
Sudar y estrellarse contra dientes. Sentir embestidas que le hagan temblar y reventar la cabeza.

... Luego duerme donde ya no queda nadie.

​Escupe el sabor de desconocidos
que se van con su olor
a cualquier parte.

​Después siempre es tarde.
​Más vale acostumbrarse
y volver a levantarse,
sacudirse el escozor,
lavarse entre las piernas,
aclararse la garganta
y estrenar un cuerpo usado
en...
​EL VIEJO MERCADO DE LAS MANOS.


II. El "yo" engendro.

​

Qué pretencioso concebir una obra
como acabada.
Sin embargo, a mí, que siempre me encantaron los bocetos,
precisamente por contener en ellos una promesa incumplida,
se me antoja esta noche suficiente.

​Dibujé un personaje con tal profusión
de detalles incoherentes,
y a la vez,
todos ellos le han hecho tan real...

Dones, fallos, manías,
certezas superficiales,
vicios bastante asequibles,
pereza disfrazada de rebeldía,
brusquedad vestida
de verdad desnuda,
excusas en perífrasis extensas,
mentiras muy cortitas,
puro teatro,
tragicomedia ligera,
mitad hambre en los banquetes,
mitad ayuno en soledad.

¿O era al revés?

​

Solo sé ahora
que,
en la intimidad que compartimos,
puedo mirarle de frente y
verme, creerme,
reconocer algunas partes como mías.

Logro descansar en sus discursos sin público,
sin coros ni comitivas.

Consigo masticar las horas oscuras sin miedo
con sus afilados dientes.

Me permito el perdón,
la palmadita en la espalda,
la colleja y el punto en boca
amparada en sus dedos.

​

En esta larga y negra noche doy por terminada esta versión de mí.

Ignoro si soportará revisión en el tiempo
o acabaré devorando a este engendro, escupiéndolo
con otras formas y colores.

Poco importa cuánto mute.
Estoy condenada a reconocerle
en cualquier lugar
porque
siempre tendrá mis ojos

​

OSCUROS Y VORACES.


III. El "yo" Onírico.

​

¿Por qué sueño con habitaciones que no existen en casas que ya no habito?

​¿Por qué sueño con aviones que sobrevuelan diminutas islas?

​¿Por qué sueño con tardes cerradas, muchedumbres sin rostro y monsergas ahogadas en su propio eco?

​

¿Por qué sueño que no despierto,
y cuando despierto, aún estoy dormida?

​

¿Por qué me pregunto estas tonterías?

​

Como si una dosis de lógica
fuera la Piedra de Rosetta.

Como si un pájaro fuera a traer
mi paz en su pico.

​

Porque sueño con retoños humanos vestidos de blanco ensuciándose en los charcos.

​Porque sueño con tacones ligeros sobre el empedrado.

​Porque sueño con escaparates llenos de autómatas brillantes sin cuerda.

​

Porque sueño con callejones extraños en ciudades conocidas.

​

Porque sueño que no despierto, y cuando despierto, aún estoy dormida.

​Porque sueño aún sigo

​

EN LA ORILLA DE LOS VIVOS.


IV. El "yo" Ermitaño

​

Cuando, de entre las nubes altas, brote
el rayo imposible de ignorar
y te queme las pestañas
hasta dejarlas como arañas
panza arriba,

no seas tonta, Su.

¡Tápate!

¡Que no hay manos tan grandes!
¡Que no hay hierba tan fresca!

​¿Qué me vas a contar tú
de las derivas?

¿Qué verdades universales sacadas
del libro de las verdades
de tu santa Biblia personal?

​Cuando, de entre los árboles del huerto
junto al camino,
lluevan manzanas que rueden
hasta tus pies,

no seas tonta, Su.

¡Agáchate y haz de tu falda un cesto!

¡Que no hay manos tan grandes!
Que no hay mucho por lo que
no haga falta pagar.

¿Qué me vas a contar tú
de ansiar a boca llena?

¿Qué demonio te regala el dulce sabor
y el gusano dentro?

​No seas tonta, Su.

¡Cuídate de andar
a pecho descubierto!

¡Tápate!
¡Agáchate!

​

Cuando, de entre todos los ruidos,
brote una voz que te haga cosquillas
en lugares
que dabas por muertos
y no.

​¡Ay, Su!
Pobre tonta entre las tontas.

¡Huye!

Que no hay vísceras tan duras
en este cuerpo.

​¡QUE NOOOO!

​Nínfula en su ínsula,
fumándose su vida y su placer a solas.

Cortando la península
de tanto arañarla.
Inundando los límites
Escupiendo hacia arriba.
Desterrando a los náufragos
hacia otras orillas.

Cantando mal la rabia y la alegría.
Contando mal la historia de sus días.

​Nínfula huraña.

Deseos tragados a bocanadas
sin filtro
y dedos amarillos.

​Perdiendo la empatía.
Muriendo de estar viva
sin vidilla.

​Mordiéndose los brazos hasta el codo por no ansiar...

no ansía lo que no puede tocar
y anda cerrando la noche
con cortinas.

​

Nínfula, ninfómana petrificada.
Brújula de agujas rotas.
Sujeta su boca
y no deja escapar sonrisas
que hagan cálida la brisa

​A SU ALREDEDOR.

​ ​

Yo, por ejemplo,
sin ser yo un ejemplo válido para nadie,
aprendí a no buscar al mega mago mágico ni a reclamarle la paciencia que no tengo.

​Yo, por ejemplo,
sin ser yo un ejemplo válido para nadie,
emprendí un camino hacia casa en sentido contrario,
haciendo la vuelta más larga.

​

Usé un astrolabio
poco útil fuera del agua
que me condujo a este charco.

​Aquí he colgado los cuadros y
las cortinas.

Aquí he encendido las velas y
extendido las mantas.

Aquí he dispuesto las cazuelas y
los pocos víveres que me quedan.

Aquí he guardado los zapatos cansada de chocar talones o punteras como una tarada.

​

Aquí vino el hada
a darme palabritas de aliento
y le cerré la puerta en las narices.

​Yo, por ejemplo,
sin ser yo un ejemplo válido para nadie,
me asomo a las ventanas cuando ya no me aguanto ni yo.

​

Entonces te veo;
jugar entre amigos,
seguir los senderos,
perderte entre flores,
vencer a los malos,
cantar canciones,
comerte el mundo,
darte de bruces.

​

Entonces me río,
corro las cortinas,
regreso a mis mantas e intento
tapar las vergenzas
de haber sido,
también yo,

​

DOROTEA A MI PESAR.

​Es un hecho constatado desde este alféizar
que veo la fila de ganas apiladas junto a mi puerta desaparecer.

Han caído cuatro gotas prometiendo tormenta
y nada.

Nada es en lo que se quedan tus nudillos.
Huracanes feroces con nombre de hombre que se achantan al romper contra mis costas.

Aún me río
de los intentos de escalada por los riscos intentando conquistar un abismo.

​Costumbres de clavar banderas,
reclamar medallas,
sacar brillo al monumento de los vencedores y los vencidos.

Aún me río
de la metralla que las noches de verano no te deja dormir
y de los clavos con los que intentas sacarla.

​Es un hecho constatado desde el quicio de esta ventana
que oigo al desaliento colarse deshecho por las alcantarillas.

Han caído litros y litros prometiendo limpiar
y nadas.

​Nadas contracorriente como siempre.

​

Aún me río
de esa esperanza en los ojos buscando el salvavidas,
la cueva,
la madriguera calentita.

Y me seguiré riendo
de los clavos viejos y oxidados a los que quieres aferrarte,

porque esos clavos son míos

y yo,

DE NADIE.


V. El "yo" soberano.

También yo amé como se hace las primeras veces:
abrazando su cara solitaria,
arropando sus secretos como hace una madre,
dibujando días futuros,
cargando el peso de mi risa en sus lomos,
buscando mi paz en sus entrañas,
abriéndome huecos donde alojar sus penas,
comprando cosas y casas,
trayendo vida,
haciendo viajes.

Y luego, nada.

Y luego, todo.

​

También yo cometí el error de los asesinos principiantes,
ansiando ese fuego prístino en mis tripas.
Un simulacro de alborozo que duraba realmente poco.
Cada vez menos.

Y luego, nada.

​Seguí los pasos de los adictos arrepentidos.
Pedí disculpas a cada víctima de mis experimentos.
No sirvió.

Casi todos clamaban por más dolores,
por otra oportunidad de encajarme a mazazos,
por enseñarme la vida,
sacarme brillo,
ajustar y aflojar tornillos,
sin saber
que no hay martillo que me modele
que no empuñe yo.

​Nunca añoré un Pigmalión,
ni un maestro,
ni un mentor,
ni el beneplácito conveniente de un amante
que anhela arder cinco minutos en mis llamas,
ni tanta paja
entre el centeno,
ni adaptarme a moldes ajenos,
ni cortarme y coserme según un patrón,
ni dormir en las horas de sueño,
ni vivir con los pies en el suelo,
ni soñar con la vulgaridad.

No hay vuelta atrás.

​

¡Nunca tendrá gobierno

ESTA CRIATURA QUE ALBERGO!

​

Amo, adoro, venero lo vano.
Reverencio esta veleidad mía.
Camino de puntillas por la orilla.
Viajo en globo.

Bailo sobre las mesas.
Moviendo las caderas
dibujo un símbolo infinito
sin tropezar con nadie.

​

Soy el brochazo mal dado por un principiante.

​Me antojo de dulce.
Me antojo de salado.

​

Soy los pies colgando de la colchoneta hinchable.

​Amo, adoro, venero a mis caprichos mudables.

​

Me pierdo en todos los disfraces.

​

No me caso.

​

No me canso de esta militancia diletante.

​

​Hago rimas fáciles.

​​

Soy la cancioncilla pop con pretensiones fingidas de trascendencia.

​

No me gustan las ciencias puras.
Carezco de voluntad
y mucho más de paciencia.

​

​Soy la niña que se mira en todos los cristales, también la madura con corsé, la de los labios rojos.

​

​Soy la que se aburre de todo
menos
de las letras hiladas en espirales,
esas que exorcizan mis males.

​

​Letras que son
puñados de confeti
tapando mis agujeros.
Las grietas por las que se cuelan
tantos pensamientos por segundo,
impidiéndome dormir.

​​

Amo, adoro, venero
el humo,
la niebla,
las vaporosas telas que difuminan los bordes.

​

​Reverencio los espejos oxidados,
las miradas borrosas
y todas esas cosas que me apartan de lo que jode.

​Amo, adoro, venero estar

​

Fundida en un rosa irreverente.

TEATRO